HISTORIA

El imperialismo y nosotros

El imperialismo, etapa superior del capitalismo: Así lo definió Lenin en uno de sus famosos trabajos de análisis y divulgación.

A la vista, el concepto sugiere que el imperialismo es una consecuencia del desarrollo del capitalismo en sus fases de expansión económica en busca de mercados más allá de las fronteras nacionales e incluso regionales.

Por imperio se entiende el poder que ejerce un sistema político sobre otros sistemas, en este caso, el capitalismo sobre aquellas otras unidades en fase de desarrollo sin haber alcanzado todavía los límites.

Para la mayor parte de los historiadores, el imperialismo fue expresión del poder político y militar de sociedades muy organizadas en distintas épocas de la historia, como cuando se habla del imperio bizantino, el imperio romano, el imperio inca, el imperio azteca, etc. Por supuesto, en algunos casos, como los dos últimos, fueron calificaciones adjudicadas a estos sistemas por los historiadores. Tal vez los incas y los aztecas fueron conscientes del poder e influencia que ejercieron más allá de las fronteras de sus poblaciones naturales, o del miedo que pudieron haber provocado entre sus vecinos y pueblos distantes que conocieron ese poder. Pero desconocemos si hubo un término que reflejara esa toma de conciencia, como lo hicieron los romanos cuando inauguraron el imperio con Augusto.

Hay culturas como la de los estadounidenses que rechazan el término para referirse al poder manifiesto que ejercen en el mundo, a un grado máximo desconocido hasta entonces.

Para ellos, el imperio es un concepto negativo, y por tanto, no lo admiten. Prefieren pensar que su expansión geográfica, como cuando se tomaron Texas, California, Nuevo México, Hawái, Filipinas, compraron Florida, Luisiana, Alaska, etc., todo ello se correspondió con el destino manifiesto, a propósito de representar y extender la voluntad de la historia a favor de la civilización, su civilización.

Y sin embargo, atribuyen a su poder cualidades y misiones que representarían la suma de todas las cualidades positivas que puede ejercer un poder como el que tienen, sobre todas las sociedades del mundo. Ya no del mundo conocido, como el de los romanos o el de los españoles en tiempos de Carlos V, en cuyo imperio no se ponía el sol, sino del mundo de hoy, que es ese mismo planeta pero en un contexto que se pretende democrático y respetuoso de las soberanías nacionales.

Curiosamente, y de manera irónica, a los historiadores estadounidenses les parece natural hablar de su sistema político utilizando ejemplos de los romanos. No sé si se trata de una tendencia propia del grado de conciencia de sus historiadores que de alguna manera tratan de advertir a sus ciudadanos sobre las responsabilidades de tanto poder, o el resultado de una imagen construida por el cine, desde las primeras películas como Ben Hur, Espartaco y otras.

Lo cierto es que aun en escritos hechos para públicos amplios, la descripción de la historia de Roma tiende a presentarse en paralelismo con la historia de Estados Unidos, en algunos casos como teniendo de fondo la interpretación de Toynbee sobre el ascenso y decadencia de las civilizaciones. Pudiera interpretarse como un deseo de que el imperio dure lo que duró el desarrollo de Roma, tanto como mil años, o una advertencia respecto a la fragilidad actual de los imperios que, como el de Inglaterra, o el austro-húngaro, no duraron, en su evolución, sino fracciones de ese tiempo. Y el imperio que soñó Hitler, el del tercer Reich, solo duró una fracción ínfima de su esperado mil años.

Un país no necesita ser, en términos geográficos, grande para dominar a otros pueblos, a controlarlos. Austria y Hungría no fueron grandes territorios, la Atenas de Grecia tampoco, menos Holanda o Portugal. La Macedonia de Alejandro se extendió hacia Oriente en la medida que contó con el apoyo del resto de Grecia, aquella que unas generaciones anteriores consideraba a los macedonios unos bárbaros. Son ejemplos de una época en la que el dominio o poder se expresaba en su doble dimensión, la de un personaje carismático que podía aglutinar en su entorno las fuerzas sociales de muchas culturas. Fue el sueño de Napoleón, de un Nabucodonosor, o un Ramsés II, pero en visiones históricas distintas.

Países pequeños como El Salvador, Costa Rica, Panamá o aun Puerto Rico, carecen de vocación imperial que no sea la del comercio.

Panamá ha pretendido ser el centro del mundo y corazón del universo, pero Pro Mundi Beneficio. Su agenda es servicio aunque no lo perfeccionemos. Reconocemos el poder ajeno y lo admiramos como si fuera propio, nos montamos en su imaginario como reivindicando en negativo el american way of life, en el que el spanglish se convierte en la lengua franca de los que llegan.

Me pregunto si todavía en nuestro medio se percibe como cierta la frase del poeta,“paisano mío, panameño, tú siempre dices que sí, pero no para luchar, que no para protestar”. Espero que no.

El autor es antropólogo


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