VACUNAS

La importancia de la comunicación

La gran mayoría de los médicos comenzamos la carrera con el ideal de curar personas enfermas y salvar vidas. A medida que vamos avanzando en el ejercicio de nuestra profesión y nos cruzamos con pacientes que sufren dolores impensados, o que quedan con secuelas graves que les impiden llevar la vida a la que estaban acostumbrados, o con familias que pierden abruptamente a un ser querido a causa de una enfermedad, aprendemos que es mejor prevenir que curar y deseamos nunca tener que lamentar.

Uno de los casos que más marcó mi vida profesional fue el de María, una hermosa bebé de 7 meses que ingresó al hospital por un cuadro de infección respiratoria baja. Yo era residente de primer año, y hasta ese momento nunca había visto un bebé empeorar tan rápido. En solo 24 horas María entró en cuidados intensivos y, a pesar de que hicimos todo lo que estaba a nuestro alcance, falleció a los 3 días de su admisión. María tenía una infección por el virus de la influenza y no había recibido la vacuna que la protegía contra esa enfermedad.

Después de una charla con mis compañeras de residencia, llena de angustia y frustración, sobre si podíamos haber hecho algo diferente para tener otro desenlace, o por qué una bebé tan chiquita se fue tan rápido, nos tocó limpiarnos las lágrimas, lavarnos la cara y dar la terrible noticia a esa familia. Nunca olvidaré el rostro de angustia de aquella madre, mientras le comunicábamos la tragedia que, a mis adentros, yo sabía que se pudo prevenir.

La prevención es un acto de gran impacto en la salud de una persona, su familia y toda la comunidad. La vacunación es el mejor exponente de estos conceptos. Sin embargo, en los últimos años abundan en internet y en redes sociales campañas contra las vacunas, siendo la mayoría de las personas que las sostienen, adultos jóvenes con títulos universitarios y acceso a una gran cantidad de información errónea y confusa.

Sabiendo sobre la importancia de la vacunación, y conociendo los obstáculos que enfrentamos, la realidad es que los profesionales de la salud tenemos mucho trabajo por delante. En primer lugar, conocer por qué hay padres que no vacunan a sus hijos. Rechazar a estos pacientes o negarnos al diálogo, que muchas veces es desgastante, no es la solución. Podemos no estar de acuerdo con las ideas de algunos padres, pero siempre debemos respetar a las personas. Las consultas repetidas a lo largo del tiempo son una gran oportunidad para abordar el tema, con argumentos respaldados por la ciencia. También debemos tener claro que, si los pacientes buscan en internet o redes sociales sobre vacunas, nosotros también tendremos que estar generando información en esas plataformas que les expliquen los beneficios de vacunar. Todo esto sin perder de vista que nuestro paciente es el niño, independientemente de los padres que tenga. Además, es mejor seguir en contacto que dejarlos solos, a merced de la información de mala calidad que consiguen en diferentes sitios en línea.

Por otra parte, el debate entre profesionales de la salud no debería ser si poner multas o castigos a los padres que no vacunan a sus hijos, sino qué podemos hacer para mejorar la transmisión de la información a los padres, evitando brindar mensajes ambiguos.

En mi opinión, debemos trabajar en encontrar la manera de comunicar adecuadamente la información, puesto que sirve muy poco vivir en un país con buen esquema de vacunación si los padres no vacunan a sus hijos. Es fundamental que los padres entiendan y acepten que la vacunación salva vidas, para que no vuelva a ocurrir un caso como el de María.

La autora es pediatra

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