Campaña presidencial

La importancia de una segunda vuelta electoral

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No hay nada más gratificante que tener la seguridad en algo. Entendiendo por seguridad en todas las maneras de vivir: en lo personal, en el alimento, en el contacto familiar, en el campo laboral, en la salud, en el transporte, en el trato con amistades, en el vínculo con la sociedad, en los gustos, en las decisiones y, en fin, cuando caminas por la vida sin temor alguno porque tienes en tus manos lo básico para subsistir, y esa seguridad te mejora tu calidad de vida, por lo que para muchos se traduce en felicidad.

No obstante, hay una conducta socialmente responsable en la que el ciudadano debe participar cada quinquenio: para elegir a las autoridades a cargos populares, presidente, diputados, alcaldes y representantes. Esas elecciones son de suma importancia porque de los seleccionados lo que se busca es sentirnos seguros de su gestión. Sin embargo, en una elección popular hay situaciones que nos afectan y es cuando el elector se siente burlado porque no se tomó en consideración su voto o simplemente se ve ultrajado porque pensó que su candidato iba a ser favorecido. Este tipo de situaciones, muchas veces, se debe a que el ser humano se enquista hasta el fanatismo y el radicalismo en la figura de una persona como si fuera su dios y cuando esa persona no logra la cantidad de votos necesarios entonces le sobreviene un derrumbe emocional de tal magnitud que su única manera de protestar es a los encontronazos, sin pensar y analizar el porqué de la derrota.

Este escenario a mi modo de ver tiene su motivo muy particular debido a la falta de cultura política o ignorancia en aspectos de recuentos de votos y lo que las leyes demandan en estos casos. A mí en lo personal me costó entenderlo, pero leyendo, analizando y escuchando a comentaristas, periodistas y analistas políticos he quedado completamente en tranquilidad y segura que la situación del conteo de votos se dio como la ley manda.

Que el cociente, medio cociente y residuo no satisfizo a muchos candidatos y a otros sí, y que entre esos se encuentran los que la población rechaza debido al no a la reelección, pues ni modo, así es y así tenemos que aceptarlo. Que no es una condición que nos favorece, entonces cambiemos las reglas del juego en materia de elección popular o reformemos las leyes que en la actualidad son las que dictan las normas a seguir.

Otro asunto a mencionar en la elección a presidente. Hubo momentos en que nos mantuvimos en una gran expectativa entre los números que presentaban los dos partidos más votados. Y, nos fuimos hasta casi el conteo de las últimas mesas para darle el triunfo al que se lo merecía. Hasta se suspendió la proclamación del presidente electo.

En el interín hasta se pensó en un fraude. Pero, ¿por qué llegar a este tipo de angustias? Tiene su lógica por los resultados que arrojaban en el momento. Para los del equipo contrario al ganador me imagino la inseguridad y la zozobra que sintieron ante un margen tan estrecho. Esto es así porque a nadie le gusta perder. El señor Cortizo pasó con un 33% del electorado. En otras palabras, a casi 70% de la población no le gustaría tenerlo como presidente.

En varios países de América Latina, cuando en una elección presidencial ninguno de los candidatos supera un determinado porcentaje de los votos, por lo general mayoría absoluta, se realiza una segunda vuelta para decidir entre los dos primeros candidatos. Se trata pues de una eventual etapa del proceso de elección de una autoridad.

Bajo este procedimiento, un candidato presidencial debe obtener más del 50% de los votos para ganar la elección y, si ninguno lo consigue, se lleva a cabo una segunda vuelta entre los dos más votados. Este procedimiento tiene sus méritos, precisamente por el sentimiento de seguridad de la población e igualmente para el mismo candidato. Aquí estamos hablando de más de un 50% entre un 33%. La diferencia es abismal.

Para mí una segunda vuelta nos fortalece democráticamente. Nos da plena seguridad de que tal persona fue realmente elegida por la mayoría de la población electoral. Es que, para llegar al liderazgo de una nación se debiera hacer con al menos más del 50% de la población que tiene el deber de elegir al que va a ocupar la primera magistratura de una nación.

La autora es psicóloga clínica

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