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PRESIDENCIALISMO

Lo importante es cómo voy a salir

Lo importante es cómo voy a salir
Lo importante es cómo voy a salir

Bienvenidos al drama quinquenal donde su actor principal, el presidente Nito Cortizo, enuncia: “Lo importante no es cómo llegué a la presidencia, sino cómo voy a salir”. Vale la pena recordar; los seis anteriores repiten la historia en espiral, todos entran en hombros, todos terminan montando una comedia de aplausos que disimule que salen desprestigiados y en medio de abucheos.

¿Qué situaciones no afrontan, qué obras dejan pendientes o no hacen, para que al final retorne puntual a palacio aquel destino trágico que los echa a patadas, mismo que este presidente Cortizo pretende retar?

Un sistema de alerta temprana de emergencias políticas operaría de manera parecida a un tacto prostático -no encuentro mejor símil- que examina las profundidades del cuerpo político. Aunque no muy agradable, pero suele anticipar signos y síntomas antes de que desarrollen malignidad incurable.

Entre las señales que atender, una funciona como eje central. El presidente la menciona varias veces. Si no existiera esa “confianza en la intención del gobierno”, el país negaría la “tregua de 100 días” al Gobierno. La confianza es la que allana el terreno político para hacer viables las 125 acciones que propone el entrante. Y como si no fuera suficiente, es condición para una popularidad sobre quien, además, se erige la gobernabilidad.

La sociedad imagina que actuarán como humildes, honestos, justos, eficaces, entre otras cualidades. ¿Cómo se produce una desconexión paulatina con la función de servir, misma que devalúa ese capital político inicial traducido en confianza?

El gobernar somete a jornadas agotadoras que dejan al mandatario sin vida personal ni familiar. El imperativo del rol impone resistir el vapuleo de la crítica opositora y de medios, aunado al vivir vigilado por quienes irrumpen en su intimidad.

Es una labor tensa e intensa en el sacrificio, cuyo solaz ciertamente la ofrece el aislamiento de la oficina superior y el consuelo emocional del grupo íntimo de allegados. La burbuja presidencial, igual que los discursos e informes floridos sobre “lo bien que va a nuestro gobierno”, lo hacen sordo a una realidad que ruge.

A espaldas de palacio, toda la estructura que sostiene la confianza, léase gobernabilidad y popularidad, cae desplomada. Mientras, la comunicación oficial continúa pavoneando a un mandatario convencido de lo bien apreciada que está su entrega. Los mensajes insisten en presumir del héroe sacrificado, mientras apelan a que la sonsa repetición publicitaria contenga la creciente insatisfacción ciudadana.

Aceptar que los panameños no somos unos retrasados y hasta malagradecidos con un gobernante incansable exige tomar distancia de aquel complejo del vencedor infalible que, cual maldición, contagia a quien pose su humanidad sobre la icónica silla. Como protagonista, aquel deja traslucir su entender cuando expresa: “No me interesa la vanidad del poder”. Reorientar la comunicación rememora la actitud humilde de quien repetía: “díganme lo malo, que lo bueno ya lo sé”.

Por su parte, el auditorio busca evidencias para entender si podrá el presidente sortear tan engañoso sino y continuar siendo Nito.

Para paliar la crisis, la fatalidad ordena ensayar la “modernización del Estado”. Luego de tres décadas, seis presidentes e inversión multimillonaria, la economía continúa demasiado desigual, las finanzas y los servicios de salud, deficitarios. Nuestra sociedad jinetea la corrupción para continuar insegura, violenta y llena de confrontaciones. Y un presidencialismo que sigue erosionando la separación de poderes. Cual divinidades nefastas, la sordera, megalomanía y prepotencia ante las demandas populares, sobrevuelan intactas la silla presidencial.

Si la suerte de la reforma del Estado ordenada por decreto no demuestra al servidor público de qué manera el cambio le beneficia, devolverá un taburetazo que mantendrá el estado vegetativo de la “modernización”. A cinco años de 2024, Nito intenta renunciar a seguir reponiendo una obra donde un destino trágico regresaría a reclamar su séptima víctima. ¿Será tan tirana la historia o tan incompetente el liderazgo como para repetir en espiral?

El autor es investigador político


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