Abundancia de peces y mariposas significaba en la extinta lengua cueva del Darién originario. Aquella voz milenaria, pura y tallada en la cintura del continente, no carga delito alguno. El verdadero crimen es la usurpación: los salones de la alta finanza transnacional, las cancillerías de las potencias y los laboratorios de Silicon Valley se apropian de la palabra para pronunciarla con el tono sardónico del filibustero que calcula su botín. Una ironía sangrienta salpica a una nación habitada en un noventa y nueve por ciento por gente decente: obreros de madrugadas tropicales, educadores, agricultores y familias que hacen malabares con la ética, convertidos por pura maleantería ajena en la marca registrada del crimen corporativo internacional.
Sinónimo de nobleza —y no de fechoría—, en la palabra del porteño más universal. Paz a su alma.
Inmundicia y saqueo no pertenecen al pueblo ni riman con esa marca de nación noble. Responden a una minúscula casta local de intermediarios y cortesanos aliados que se arropan con los tiburones del capital global. No tuvieron los panameños arte ni parte en las fechorías de Lesseps en el siglo XIX, ni en las maniobras del bufete Mossack Fonseca, ni en las tramoyas desveladas por los Pandora Papers. Tejían el velo corporativo para ocultar la riqueza en guaridas fiscales atizadas por la especulación global.
Para emular a Poncio Pilatos, Europa perpetró la usurpación bautizando la estafa del Canal Francés como panamisme. John le Carré fijó el estereotipo en El sastre de Panamá, Hollywood lo convirtió en comedia cínica con La lavandería, de Steven Soderbergh, y el periodismo de investigación del ICIJ catapultó los Panama Papers al mapamundi del prejuicio.
La infamia más reciente, de 2026, roza el delirio: la firma de inteligencia artificial Anthropic cometió la barbarie de bautizar como “Proyecto Panamá” su plan confidencial para comprar volúmenes antiguos en librerías de viejo, cercenarles el lomo en escáneres industriales y destruirlos sin piedad para alimentar sus modelos de lenguaje. ¿Por qué el CEO de semejante esperpento de firma no lo bautizó Proyecto Mi Madrecita?
Barbarie cultural, maleantería e impunidad definen la costumbre de Silicon Valley y la gran finanza de adueñarse del nombre ajeno. Esconden sus propias vergüenzas tras un vocablo milenario y de tierra sagrada para cometer un atentado bibliográfico del que la pira de Alejandría es un detalle. Usurpar la identidad de un país genera un daño real y grave. Compatriotas y estudiantes en el extranjero sufren injurias, sospechas y miradas de soslayo por la circunstancia de exhibir un pasaporte con sello istmeño.
Geografía estratégica, canales e infraestructuras portuarias actúan como imán de pendencieros mundiales, desde multinacionales extractivas como First Quantum hasta administradores que operan con mentalidad de enclave colonial. Mandatarios imperiales injurian la lengua castellana ante gobernantes latinoamericanos mudos, mientras la clase política local renuncia a construir una marca país positiva. ¿Acaso la defensa de la dignidad istmeña seguirá siendo tarea exclusiva del ánima de Bolívar? Ni el Chapulín Colorado ni el genio de Chespirito bajan con su mazo de plástico a salvarnos del escarnio.
Frente al maleante de cuello blanco y las mafias, el pueblo panameño camina orillándose, pero con la frente en alto. Corresponde juzgar el ropaje de esta infamia, arrebatarle nuestra voz cueva del Darién a los piratas y filibusteros modernos y recordar al mundo que la palabra es limpia y que, bajo la sombra de la historia, habita una mayoría decente, patriótica y resiliente.
El autor es filólogo y periodista.


