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Ingeniería y administración: dónde realmente está el problema

Ingeniería y administración: dónde realmente está el problema
Imágenes de la inspección en el puente de las Américas por parte de ingenieros estadounidenses este viernes 10 de abril. Gabriel Rodríguez.

Un hombre se sienta a desayunar con su esposa y sus hijos en el piso 60 de un edificio. Lo hace con tranquilidad. Con confianza. Sin temor. Esa confianza no es casual.

Está sostenida por un cuerpo de ingenieros y técnicos que calcularon, diseñaron, construyeron y mantienen esa estructura bajo condiciones reales: viento, sismo, carga, fatiga, envejecimiento. Nada de eso se improvisa.

En una unidad de cuidados intensivos, un paciente lucha por su vida.

Respira gracias a un ventilador mecánico. Es monitoreado por equipos de alta precisión. Recibe gases médicos en proporciones exactas. Todo ese entorno —aire, presión, electricidad, energía, respaldo— existe porque fue concebido, diseñado y fabricado por ingeniería aplicada a la vida.

Un médico puede operar a un paciente en un quirófano, con toda una cantidad de instrumentos, en un ambiente controlado. Un cirujano —el más connotado, el más brillante— puede salvar una vida con precisión, en condiciones higiénicas óptimas y con tecnología de alto nivel. Pero todo ese entorno, toda esa capacidad de precisión, estabilidad y control, es posible gracias a la ingeniería. Sin ese soporte técnico, la medicina moderna no podría operar como hoy la conocemos.

El agua que llega a cada hogar, le guste o no a quien la recibe, no cae del cielo lista para consumo.

Es captada, tratada, bombeada y distribuida mediante sistemas complejos. La energía que ilumina una ciudad no es espontánea. El alcantarillado que protege la salud pública no es visible, pero es vital. El combustible que mueve la economía, las redes de telecomunicaciones que conectan al país, los sistemas de vivienda, los hospitales, los aeropuertos… todo responde a una base técnica.

En el Canal de Panamá, una de las obras más importantes del mundo, no hay espacio para la improvisación. Es una operación de precisión sostenida y defendida diariamente por un cuerpo técnico altamente capacitado. Su estabilidad, seguridad y eficiencia no son discursos: son ingeniería en ejecución permanente.

Es importante decirlo con claridad: son los ingenieros panameños quienes, en la práctica diaria, protegen y sostienen técnicamente esa empresa país. Lo mismo ocurre con nuestro aeropuerto, con el centro financiero y con toda la infraestructura crítica nacional. Todo lo que funciona, funciona respaldado por un cuerpo de ingenieros panameños y, en muchos casos, también mediante la ejecución coordinada de empresas extranjeras que operan bajo esos mismos estándares técnicos.

Un sano ejercicio de la ingeniería es, sin lugar a duda, uno de los mejores escudos para salvaguardar la vida y los bienes de los ciudadanos de una nación. No es una afirmación retórica: es una realidad comprobable en cada estructura que permanece en pie, en cada sistema que responde correctamente y en cada servicio esencial que opera con continuidad y seguridad.

Ahora bien, es importante entender algo fundamental: la ingeniería, desde un punto de vista pragmático, no tiene nada que ver con la política. La ingeniería responde a principios físicos, matemáticos y técnicos. No negocia con la realidad. Funciona… o falla.

La política, por su parte, debe ser un facilitador del ejercicio de las profesiones —no solo de la ingeniería, sino de todas las disciplinas que se desarrollan en una sociedad. Un sano ejercicio de la administración pública potencia el trabajo técnico; un malsano ejercicio puede dar al traste con cualquier esfuerzo profesional, por excelente que sea.

Calificar de forma generalizada a los ingenieros como innecesarios o desestimar su rol es una expresión lamentable.

Es una apreciación que desconoce la base técnica sobre la cual se sostienen los servicios, la infraestructura y la seguridad de un país.

La ingeniería no es perfecta. Ninguna profesión lo es. Pero sí es indispensable.

Y más importante aún: es responsable. Porque cada cálculo, cada especificación, cada plano, cada sistema tiene consecuencias humanas. Cuando la ingeniería falla, no falla en abstracto: falla en la vida real.

Por eso, el enfoque correcto no es descalificar, sino exigir rigor, fortalecer instituciones, elevar estándares y promover la excelencia técnica. Eso sí construye país.

La verdad es simple, aunque a veces incómoda:

La vida moderna no se sostiene solo con ideas ni con discursos.

Se sostiene con sistemas que funcionan. Y esos sistemas tienen un nombre: ingeniería.

El autor es ingeniero electromecánico


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