La historia de la inquisición se remonta a 1184, cuando se crean una serie de instituciones destinadas a combatir la herejía en el seno de la Iglesia católica, quizás uno de los capítulos más obscuros de la humanidad y que duró no menos de 600 años. Durante estos seis siglos, hubo tribunales y personalidades encargados de castigar de las formas más crueles, a aquellos que osaren —incluso mediante una simple denuncia sin sustento—, alejarse del orden cristiano.
Existía, por ejemplo, la figura del “familiar”, quien era un funcionario investido por el Santo Oficio y cuya principal misión era denunciar a toda persona que atentara —de cualquier manera—, contra la fe. Tenía facultades para detener al sospechoso y ponerlo a la orden del tribunal para una sentencia que podía abarcar desde métodos inimaginables de tortura, la excomunión, el escarnio público y muy seguramente, la muerte.
A pesar de que la Iglesia ha reconocido y pedido perdón por este largo holocausto, la humanidad poco ha aprendido del mismo.
Hoy día no tenemos Inquisidores ni Tribunal del Santo Oficio, tampoco plazas públicas para quemar o ahorcar a quien ose fallar, pensar distinto o no tener un santo origen; ya tampoco se habla de cristianos viejos o nuevos. Tenemos algo mucho peor: las redes “antisociales”, con millones de denunciantes creando caos por un lado y espectadores anónimos por otro lado, cuya plaza virtual es el lugar perfecto para generar odio, resentimiento, burla, acoso y castigo social.
Es una nueva forma de inquisición, porque con pruebas débiles o sin sustento veraz, se generan falsos contenidos, se hacen denuncias y se destruye la reputación de una persona. Ya no hacen falta tribunales ni jueces, porque todo usuario de las redes sociales se siente en la entera capacidad de juzgar y sentenciar: sin derecho a la defensa, ni presunción de inocencia para la persona sujeto de la denuncia. Bienvenidos seamos todos a esta nueva era de inquisición, donde con un solo mensaje lanzado a la red que sea haga viral, se quema, se ahorca y se veja a un ser humano.
Todo lo anterior viene como reflexión de una supuesta colisión —que no fue tal—; a un supuesto “darse a la fuga”—que nunca ocurrió—, y que concluyó en un acoso social lacerante por cuanta red social existe, sin lugar a escuchar a la otra parte, lo que además desencadenó una fútil y triste sentencia de un banco, que despide al empleado por un mensaje que se inició y se hizo viral en la red, sin haber hecho el intento de esclarecer la situación.
El video del corredor de la ciudad muestra que no hubo tal choque ni tal fuga; el efecto “viral” fue recreado y multiplicado por la misma persona que hizo la denuncia por medio de cuentas simuladas. Asombra la cantidad de espectadores virtuales que se hicieron eco de una denuncia falsa y como en siglos pasados, aplaudieron la sentencia social que acabó moralmente con la familia protagonista de esta lamentable historia.
Así estamos, en el siglo XXI, viviendo atemorizados por los inquisidores de las redes sociales y los espectadores de una plaza virtual donde caben millones de mentiras y hechos sin sustento. Lo más triste es la severidad con la que sentenciamos sin ni siquiera saber si los hechos son ciertos.
Que Dios nos proteja de esta nueva era inquisitoria y se apiade de nosotros en la víspera de la visita del papa Francisco a Panamá.
La autora es abogada y escritora