A pesar de su pequeñez territorial, Panamá no es una creación artificial ni un sujeto arbitrario. Nuestra debilidad nacional, tal vez, ha sido la falta de arraigo en nuestras tradiciones. No haber sido protagonistas de los siglos de oro, plata o bronce en las ciencias, artes o letras no implica estimar poco o nada a nuestros hombres y mujeres más preclaros. Lo que sucede es que fuerzas extrañas que nos merodeaban y aún merodean, tanto desde adentro como desde afuera, tienden a relajarnos.
Nuestra posición geográfica, que por años abrazó un territorio sometido a limitaciones jurisdiccionales, sufrió la relajación nacionalista desde la época de la colonia por parte de los sumisos y pusilánimes que, incluso hoy, abundan. A pesar de eso, hemos tenido siempre una nacionalidad muy particular que, aunque digna de estudiarse, a muchos les es desconocida y a otros no les interesa. Incluso gobernantes y gobernados la olvidan o, simplemente, la ejercen con tibieza, prefiriendo supeditarla a intereses foráneos. Es entonces cuando, con mayor velocidad, se va perdiendo la fe en lo autóctono, en lo panameño.
Cuando el 7 de diciembre de 1824, Simón Bolívar, como jefe de Estado —o, mejor dicho, dictador proclamado— del Perú, remite una carta a los gobiernos de Colombia, México, Río de la Plata, Chile y Guatemala, invitándolos a asistir al Congreso Anfictiónico de Panamá, expuso lo siguiente: “Parece que, si el mundo hubiese de elegir su capital, el istmo de Panamá sería señalado para este augusto destino, colocado, como está, en el centro del globo, viendo por una parte Asia y, por la otra, África y Europa”. El Congreso Anfictiónico de Panamá, que se instaló el 22 de junio de 1826 en la sala capitular del antiguo convento de San Francisco, en cuanto a resultados concretos e inmediatos, fue un fracaso. Tanto así que un descorazonado Bolívar le escribiría al general José Antonio Páez lo siguiente: “El Congreso de Panamá, institución que debiera ser admirable, no es otra cosa que aquel loco griego que pretendía dirigir desde una roca los buques que navegaban en alta mar… Su poder será una sombra, y sus decretos, meros consejos…”. Sin embargo, el tiempo y el espacio demostraron —y demuestran— que esta reunión anfictiónica fue la siembra de una semilla colocada por Bolívar, cuya germinación, crecimiento y desarrollo se convertirían en un frondoso árbol del cual los panameños recogeríamos sus frutos.
El Congreso Anfictiónico de Panamá no solo fue la cuna de las futuras conferencias panamericanas, así como la fuente de inspiración que formaría la Unión Panamericana primero y la Organización de Estados Americanos después, sino que dio inicio a una nueva era en el Derecho Internacional Americano, en lo concerniente a las relaciones entre los Estados del nuevo continente. Fue una propuesta bolivariana para contrarrestar el despotismo monárquico mediante la defensa de los sistemas republicanos, así como la creación de mecanismos multilaterales para preservar las independencias logradas. Se intentó instaurar una zona de paz y establecer una ciudadanía común entre los Estados participantes, que incluyó el interés de abolir la esclavitud de los negros africanos. Sobresalieron el republicanismo, la federación y la ciudadanía universal como instituciones contempladas en el Tratado de unión, liga y confederación perpetua, producto del Congreso Anfictiónico de 1826, asimiladas de la propuesta internacionalista del eminente filósofo prusiano Immanuel Kant, cuyos temas fueron desarrollados en su renombrado ensayo Hacia la paz perpetua, publicado en 1795.
Por lo tanto, lejos de un congreso improvisado, esta idea bolivariana fue el inicio del multilateralismo americano, hoy fuertemente amenazado desde los predios norteños. Porque hoy ese multilateralismo se desvanece. La Organización de Estados Americanos (OEA), por ejemplo, no se ha puesto de acuerdo para defender a Venezuela, reconstruir su democracia o reconocer a su presidente. Se ha limitado a ser espectadora frente al reconocimiento que Estados Unidos hace de su gobierno ilegítimo. En lo personal, creo en el ideal bolivariano, lo estudio y lo transmito. Pero si este Bicentenario del Congreso Anfictiónico se limita a buenas intenciones, hermosos recuerdos e ilustres remembranzas, pasará como una mácula producto de la inacción, la incapacidad y la ineptitud regional. Condenados a defendernos con la palabra hipócrita, subyugada y dócil, frente al acoso continuo y camorrista del coloso bravucón. Es la triste realidad latinoamericana que nos abruma ante la desunión que practicamos.
El autor es abogado.

