En la edición de julio/agosto de 2008, la revista norteamericana The Atlantic publicó un artículo del escritor Nicholas Carr titulado: ¿Nos vuelve Google estúpidos? El ensayo provocó un gran debate en su momento. Carr indagaba en cómo Internet y Google están cambiando la forma en que pensamos y aprendemos.
Más de tres lustros después, el relato de Carr sigue siendo un referente que preocupa más que nunca, porque uno de sus argumentos parece confirmarse: la estructura hipertextual de la web, con sus enlaces y distracciones, está reconfigurando nuestro cerebro y debilitando nuestra capacidad de concentración para la lectura profunda y el pensamiento crítico.
Entre las científicas que cita el autor se encuentra Maryanne Wolf, una neurocientífica cognitiva reconocida por sus investigaciones sobre la lectura, el lenguaje y la dislexia. Según Wolf, la pérdida de lectura profunda afecta nuestra capacidad de interpretación, reflexión y pensamiento crítico. La especialista habla de la pérdida de “espacios silenciosos”: es decir, los lugares mentales donde surgen ideas propias, analogías, conexiones profundas y el asombro.
Ni Carr ni Wolf rechazan el uso de la tecnología, pero alertan sobre sus efectos cognitivos no deseados, como la incapacidad de pensamiento complejo, que incluso provoca la pérdida de empatía, al debilitar los circuitos cerebrales que sustentan el pensamiento profundo y la comprensión del otro. Por eso, proponen un equilibrio para valorar y preservar los modos de pensamiento profundo que fomentan la cultura impresa. Debemos leer y escribir más en papel si queremos mejores sociedades.
Es interesante observar que muchos autores coinciden en sus investigaciones. No son teorías de conspiración contra la tecnología, sino el resultado de estudios que llevan a un mismo descubrimiento: el uso excesivo de pantallas afecta negativamente el proceso de aprendizaje en el desarrollo infantil.
Por ejemplo, el neurocientífico Michel Desmurget, en su libro Más libros y menos pantallas (2024), hace énfasis en la lectura por placer como una necesidad para el desarrollo infantil, fomentando el lenguaje, la creatividad y la empatía, en contraste con los efectos negativos de las pantallas. El libro físico se presenta como una herramienta superior a Internet, y el papel, mejor que la pantalla, para el desarrollo cognitivo y emocional. La lectura en papel contribuye al desarrollo de la inteligencia, el enriquecimiento del lenguaje, la adquisición de conocimientos y la estimulación de la creatividad.
En El poder de las palabras (2007), el especialista en programación neurolingüística Terry Mahony explora cómo la Programación Neurolingüística (PNL) puede mejorar la comunicación, el aprendizaje y la conducta, especialmente en el ámbito educativo. El lenguaje del profesor (léase: oralidad) potencia la capacidad de aprendizaje de los alumnos, creando imágenes mentales y circuitos neuronales deseados.
La obra Educar en el asombro (2012) de la doctora en Educación y Psicología Catherine L’Ecuyer, explora cómo educar en el asombro en un mundo frenético es el motor innato del aprendizaje y el conocimiento en los niños, y cómo la sobreestimulación y el enfoque mecanicista en la educación anulan esta capacidad natural. Los niños pequeños, afirma la experta, poseen un sentido innato del asombro ante lo cotidiano, lo que impulsa su curiosidad y aprendizaje autónomo. El asombro es el principio de la filosofía y el aprendizaje, como señalaron los griegos y Montessori.
José Carlos Ruiz, filósofo y profesor, autor de El arte de pensar: Cómo los grandes filósofos pueden estimular nuestro pensamiento crítico (2018), en una conferencia que podemos encontrar en YouTube, coincide con Catherine L’Ecuyer cuando afirma que el asombro es la actitud inicial con la que vemos los pensamientos de la filosofía, como lo vieron Platón y Aristóteles. No obstante, para Ruiz, el asombro está en crisis en el siglo XXI debido a la “cantidad de estímulos” y la naturaleza abrumadora de las imágenes, lo que hace difícil que algo provoque asombro.
Hay que repetirlo, una y otra vez: no estamos en contra de la tecnología. De hecho, buena parte de este artículo nació con la ayuda de herramientas digitales. Defendemos una educación que fomente el pensamiento crítico, basado en el asombro, la curiosidad y el cuestionamiento, que se resista a las narrativas del entretenimiento que son más seductoras, pero que carecen de empatía y de imaginación inteligente.
La pobreza del lenguaje empobrece el pensamiento. Un pensamiento empobrecido no es capaz de dar a luz ideas de valor que sean sostenibles en un mundo que necesita urgentemente la empatía que los medios digitales no pueden ofrecer. Voy a terminar parafraseando a Maryanne Wolf: necesito que se den cuenta de lo que estamos haciendo cuando llevamos laptops a las escuelas para enseñar, al mismo tiempo que tratemos de reflexionar y entender qué se está interrumpiendo en todos ellos, y que será un daño irreversible.
El autor es escritor.

