En 1960, por medio del Tratado de Montevideo, se creó un organismo que se llamó Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (Alalc), integrada inicialmente por siete países: Uruguay, Argentina, Brasil, México, Chile, Perú y Paraguay, a los que luego se incorporaron Colombia, Ecuador, Venezuela y Bolivia, sumando 11 Estados miembros.
La idea era conformar una zona de libre comercio, con rebajas arancelarias en un período inicial de 12 años, que luego se amplió a 18, y debía culminar con la liberación de los renglones más importantes entre los países firmantes. Se suprimirían las restricciones “para facilitar” el otorgamiento de concesiones entre los países miembros y establecer industrias.
Los propósitos fueron fallando por intolerancia de los gobiernos que se sucedían en el poder en cada país, sin una visión seria ni responsable de lo que significa la tan necesaria integración, no solo económica, sino de los pueblos hacia el futuro, algo que esos gobiernos no tomaron en consideración, sobre todo, para negociar con otros países y alianzas de naciones.
Cada uno tiraba por su lado, buscando protagonismo y hasta beneficios personales y de grupo, además de satisfacer las exigencias y manipulaciones del exterior. Otro factor que contribuyó a su fracaso fue la eterna burocracia política que generaba ineficiencia, así como el factor de las economías de escala por algunas ventajas que México, Brasil y Argentina querían imponer, en algunos casos, y Chile con su particular “sí, pero no”, así como la permanente obstrucción de intereses foráneos.
Los políticos de derecha, enquistados en los partidos de cada país, se prestaron para ser cabezas de playa y entorpecer el éxito de este proceso, como luego hicieron con la Asociación Latinoamericana de Integración (Aladi) que sucedió a Alalc, en 1980. Ya desde 1967 se olía el fracaso y fue entonces cuando en Colombia se organizó un grupo de trabajo, coordinado por el doctor Felipe Salazar Santos, en el que tuve la oportunidad de participar y en el que se gestó la creación del Grupo Andino –con sus órganos administrativos, un consejo legal y de manejo de diferencias y un ente financiero–, mediante el Acuerdo de Cartagena que conformaron cinco países del grupo de Alalc, con la idea de agilizar el proceso de integración, proceso que también se malogró debido a los intereses mencionados.
Hacia finales del siglo XX nace el proceso más original, representativo y exitoso de integración latinoamericana, conocido como Mercosur que, lastimosamente, pasa ahora por un período que ojalá no trunque sus ejecutorias, pues otra vez factores políticos y falta de visión de Estado amenazan la integración latinoamericana, tan necesaria. Tres gobernantes –uno interino– con una actuación fuera de lugar contribuyen a desestabilizar ese organismo. Peor aún, con la aparición de la llamada Alianza del Pacífico, que no tiene razón de existir, y la injerencia de la Organización Mundial del Comercio y de la Aladi que aún tiene vigencia.
Los “milagros” económicos solo han sido burbujas que han pagado muy caro los latinoamericanos. Hay que trabajar, en equipo y como grupo. Algunos mandatarios deben dejar de jugar a ser Dios y ocuparse de sus pueblos a través de esta gran oportunidad de integración que no deben malograr.