BENEFICIO

Inteligencia artificial, progreso y justicia



Si hay un aspecto de la ciencia que ha impactado notoriamente la vida del ser humano en los últimos años es la inteligencia artificial. Aunque para el común de las personas es algo poco conocido, está más presente en nuestras vidas de lo que pensamos. Los teléfonos móviles, televisores, buscadores predictivos, los mapas digitales, las recomendaciones automáticas que recibimos en aplicaciones y redes sociales, entre otras tantas evidencias nos demuestran que mucho de lo que nos rodea hoy día se asiste de la inteligencia artificial.

Su crecimiento exponencial ha sido responsable de grandes avances tecnológicos. Hoy día inclusive tenemos vehículos dotados con equipos sofisticados de piloto automático que se apoyan en inteligencia artificial y herramientas de reconocimiento facial en el ámbito educativo para la aplicación de exámenes en línea que garanticen la identidad del estudiante. Pero ¿qué es la inteligencia artificial y cómo funciona?

La inteligencia artificial, conforme al Diccionario de la Real Academia Española es la “disciplina científica que se ocupa de crear programas informáticos que ejecutan operaciones comparables a las que realiza la mente humana, como el aprendizaje o el razonamiento lógico”.

La Recomendación sobre Ética de la Inteligencia Artificial de UNESCO establece que “los sistemas de inteligencia artificial son capaces de procesar información de una manera que se asemeja a un comportamiento inteligente, y abarca generalmente aspectos de razonamiento, aprendizaje, percepción, predicción, planificación o control.” Su base son los algoritmos.

De allí que las máquinas, gracias a la intervención del ser humano, han avanzado al punto de poder gestionar conocimiento e inclusive han llegado a tal nivel de sofisticación que son capaces de aprender de forma automática (machine learning) y auto ajustarse para lograr mejores resultados. En este punto, uno de los desafíos son los sesgos.

Ahora bien, ¿cómo estos avances podrían democratizarse para que sirvan al progreso de toda la humanidad y no solo de los sectores más privilegiados?

Esta es una preocupación válida, considerando que las grandes potencias de las tecnologías podrían arrasar con el desarrollo y dejar en una posición de más desventaja aún a países menos desarrollados, incrementando la brecha de desigualdad. En atención a lo anterior, se ha propuesto que la inteligencia artificial sea regulada a nivel mundial a través de la generación de algún tipo de tratado internacional que asegure el acceso a las nuevas tecnologías y sus avances, a todos los países de la manera más equitativa posible.

Por supuesto que una gran herramienta para estar al día con el desarrollo es promover el estudio de la inteligencia artificial y la generación de proyectos que se sirvan de ella a nivel mundial.

Un ejemplo de buena práctica en la materia es Argentina, que a través de la Universidad de Buenos Aires (UBA) ha desarrollado el IALAB (Laboratorio de Inteligencia Artificial), mediante el cual a la vez han podido poner en marcha proyectos de distinta naturaleza para contribuir a que cale el uso de la inteligencia artificial en el sector público con proyectos como Prometea y PretorIA (que son sistemas de inteligencia artificial de apoyo a la justicia – Argentina y Colombia). Con estos proyectos se han convertido en pioneros en la región. De igual manera destaca Brasil con un sistema de automatización de procesos y búsquedas inteligentes conforme se destaca en el informe ExperiencIA del CAF.

Seguramente la inteligencia artificial continuará sorprendiéndonos en los próximos años, liberando a los seres humanos de tareas inmensas que exigían mucho esfuerzo y tomaban meses o años, reduciéndolas a segundos a través de poderosos procesadores; sin embargo, esos avances no deben dar lugar a la deshumanización ni a la desconexión de las necesidades en materia de educación, salud, equidad de género y bienestar que tiene la población en general. La inteligencia artificial debe estar al servicio de la humanidad entera para que haya realmente progreso. Cómo lograrlo, también constituye un desafío.

La autora es abogada especialista en Ciencias Penales y Litigación Oral.