Vivimos un momento crucial en nuestra historia con la llegada de la inteligencia artificial generativa. Aunque representa el eslabón más reciente en la larga cadena de innovaciones tecnológicas iniciada por la Revolución Industrial en el siglo XVIII, esta tecnología promete ser la más disruptiva hasta la fecha. Su impacto será doble: traerá consigo grandes beneficios, pero también desafíos considerables. Es innegable que transformará positivamente innumerables áreas del desarrollo humano; sin embargo, debemos asumir con la máxima responsabilidad los retos que plantea, sobre todo en el ámbito laboral.
Las nuevas tecnologías surgen con el objetivo de servir como herramientas que mejoran la eficiencia de los procesos industriales y, con el tiempo, de la prestación de servicios. En este contexto, eficiencia significa producir bienes o brindar servicios a un menor costo, ya sea mediante la reducción de los costos de producción o la optimización del tiempo necesario para alcanzar el resultado final. Este avance suele implicar el reemplazo de mano de obra costosa por máquinas más productivas. Así, cada nuevo desarrollo tecnológico ha ido desplazando trabajadores de los sectores beneficiados por estos avances. Sin embargo, históricamente, las personas que perdían sus empleos en un sector eran absorbidas por otros ámbitos dentro del sistema económico, lo que mitigaba el impacto negativo del desplazamiento laboral.
A lo largo del siglo XX, las nuevas tecnologías aplicadas al sector secundario (industria y manufactura) provocaron que las fábricas reemplazaran gradualmente parte de su mano de obra por máquinas automatizadas más sofisticadas y eficientes. Por ejemplo, la introducción de robots industriales en las cadenas de montaje automotriz permitió aumentar la producción y reducir costos, desplazando a muchos operarios que realizaban tareas repetitivas. Sin embargo, este fenómeno tenía un atenuante: buena parte de los trabajadores desplazados lograron reinsertarse en el sector terciario (servicios), que experimentó una constante expansión. Este sector también ha ido evolucionando y transformándose gracias a la tecnología de la información digital, desde la llegada de las computadoras hasta el surgimiento de internet y las redes sociales. No obstante, esta transformación no provocó una gran reducción de mano de obra en el sector de servicios; al menos no al nivel observado en la industria. Se trata de una situación que podría cambiar significativamente con la llegada de la inteligencia artificial generativa.
Aunque al principio se minimizaba el impacto de la inteligencia artificial en el mercado laboral, hoy resulta evidente que muchas empresas han comenzado a reducir su personal porque sistemas automatizados están reemplazando ciertos puestos. Las estadísticas en Estados Unidos lo ilustran claramente: solo en 2025 se estima que más de 55,000 personas han perdido su empleo como consecuencia directa de la inteligencia artificial. Además, los estudios muestran que la generación más joven es la más afectada, en parte porque muchos no cuentan con las habilidades blandas —es decir, aquellas capacidades interpersonales y comunicativas que facilitan la colaboración y la adaptación en distintos entornos— necesarias para complementar el uso de estas nuevas tecnologías.
Otro dato relevante es que, aunque se han eliminado empleos en el sector industrial, la mayor cantidad de despidos ha ocurrido en el sector de servicios, especialmente en cargos administrativos y de oficina.
Este panorama resulta especialmente grave, ya que, a diferencia de lo ocurrido en el pasado, la inteligencia artificial está impactando de manera simultánea a los tres sectores productivos: el primario (agricultura, ganadería y minería), el secundario y el terciario. Es fundamental abrir un debate amplio sobre este tema y promover la creación de políticas públicas que adapten el sistema educativo para preparar al capital humano en el uso de estas nuevas tecnologías. Solo así podremos mitigar los efectos negativos, especialmente en la calidad de vida de quienes sean desplazados o marginados del mercado laboral.
Asimismo, es necesario implementar programas de orientación académica en las escuelas que ayuden a los jóvenes a identificar los empleos más demandados y aquellas profesiones que se están quedando obsoletas. Del mismo modo, se debe fomentar el desarrollo de habilidades blandas y la capacidad de análisis crítico, competencias que serán cada vez más valiosas en el nuevo panorama laboral.
De lo contrario, nos enfrentaríamos a un futuro en el que el desempleo y la informalidad aumentarían, generando una cadena de consecuencias: la disminución del consumo impactaría negativamente en la actividad comercial y en el crecimiento económico, lo que a su vez afectaría la recaudación tributaria y los aportes al sistema de pensiones. Es fundamental abordar esta realidad con responsabilidad y visión de futuro. De no hacerlo, la brecha de desigualdad económica podría ampliarse aún más.
El autor es abogado.

