No es nuevo, pero tampoco es desechable ni de archivarse. Los internados médicos obligatorios, para alcanzar la licencia que facultaría el ejercicio de las profesiones sanitarias, entre ellas la medicina y la cirugía en España, fueron creados por Juan II de Castilla con las Leyes de Toro, reglamentaciones publicadas en 1371, donde se señalaba que los médicos ejercían con documentación apropiada de sus capacidades y habilidades. Más tarde, en 1477, hace cinco y medio siglos, la monarquía de Isabel y Fernando funda el Real Protomedicato de España, obedeciendo al “deseo de centralizar el poder” durante la monarquía. De esta forma, se controlará más tarde el sistema sanitario de la nación.
En España, el Real Tribunal del Protomedicato —tribunal mayor formado por los protomédicos, cada uno de los médicos del rey, además de Examinadores y alcaldes Mayores, que eran magistrados de rango superior y mayor prestigio, responsables de la administración de justicia ordinaria y de la asesoría a los corregidores— reconocía la suficiencia de quienes aspiraban a ser médicos y concedía las licencias necesarias para el ejercicio de dicha facultad.
González Lozano y Almeida López citan a Eugenio Muñoz, en su recopilación sobre el Real Protomedicato, donde afirmaba que ya existía en los tiempos de los romanos, “cuando los Emperadores de Oriente, Honorio y Theodosio elevaron la dignidad de los Protomédicos comparándola con la de Duques, Condes y Vicarios Generales de los Ejércitos”. Los protomédicos eran elegidos si cumplían el requisito de superar el examen de competencias, conocimientos y habilidades.
En las designaciones de los protomédicos, también llamados Archiatros —agregan González Lozano y Almeida López— no podía intervenir ni el Senado, ni el Pretor, ni el Oficial o Juez. Los protomédicos podían proceder judicialmente contra aquellos que ejercieran las profesiones sin haber logrado la licencia para ello.
Con esa misión, era un cuerpo técnico encargado de vigilar el ejercicio de las profesiones sanitarias, “para que conozcan —decía su reglamentación— de los crímenes y excesos y delitos de los tales Físicos y Cirujanos, y Ensalmadores y Boticarios, y Especieros, y las otras cualesquiera personas que, en todo o en parte, usaren oficios a estos anexos o conexos”, así como de “ejercer función docente y atender a la formación de estos profesionales”.
Los “ensalmadores” se dedicaban a sanar a través de oraciones y rezos, lo que hoy serían los curanderos o chamanes. Esas “otras cualesquiera personas” eran parteras, barberos, flembotomianos (flebotomistas), algebristas (cirujanos dedicados a la curación de dislocaciones de huesos) o hernistas (quienes curaban hernias). Ciento once años más tarde de su creación, en 1588, esta institución se consolida como un órgano colegiado.
El 10 de septiembre de 1501, los Reyes Católicos prohíben ejercer la medicina a las minorías étnicas: a los judíos, moriscos, a los reconciliados por el delito de herejía y apostasía, y a los nuevos cristianos. Para ello recurren a los estatutos de la pureza de sangre, que obligaban a los egresados de medicina a “prestar juramento”, al momento de ser aprobados como médicos, “y defender en público y en secreto el Ministerio de la Purísima Concepción de María Santísima”. España incurre en la discriminación por razones de fe.
En el siglo XVI, el Protomedicato se extendió con el avistamiento y conquista española de América a los virreinatos de México y del Perú, y en el siglo XVIII, se fundó el Protomedicato del Río de la Plata. El Dr. Ignacio Chávez, prominente cardiólogo mexicano, recuerda la ordenanza que aparece en 1529 en el Cabildo de la ciudad de México: “Que ninguna persona que no sea médico o cirujano examinado e tenga título, no sea osado de curar de medicina ni cirujía so pena de sesenta pesos oro, porque hay algunos que por no saber lo que hacen además de les llevar su hacienda, les matan”. Siguieron Bolivia, Costa Rica, Cuba.
El Protomedicato surgió para calificar la suficiencia en conocimientos y habilidades de quienes querían ser médicos idóneos, y al mismo tiempo educarlos en medicina sanitaria y controlar políticamente ese segmento de gobierno, con mayor o menor éxito en esas gestiones. Funcionó como tribunal de justicia, como escuela de medicina y cirugía, como rector sanitario y de salud pública, y como bastión político. Pareciera que ha sido duradero su perfil y que no hay interés en cambiarlo, sino en maquillarlo.
El autor es médico.
