Como cada año, el presidente que esté de turno inicia el año dirigiéndose a la nación con el típico discurso de barricada describiendo las bellezas y logros de su gestión. Siendo comunicadora de profesión, esto es algo que no puedo criticar. ¡No! Santo que no es visto no es venerado.
De la larga lista de proyectos de infraestructura mencionados en el discurso del presidente, pude contar unos 30 proyectos de construcción y mejoras a centros educativos por la suma de $265 millones. Si bien esa es una cifra nada despreciable, recordemos, en primera instancia, que esas obras se están haciendo con nuestro dinero y que los funcionarios a cargo de su ejecución están cumpliendo un mandato constitucional y con un trabajo por el cual se les está remunerando. Estos no son favores.
La inversión en proyectos de construcción de planteles es necesaria, sin embargo, no veo ese tipo de inversión en capacitación de docentes, o al menos no se comunica con el mismo ímpetu, ya que, al no ser algo visible y tangible, no genera votos.
Según datos del Ministerio de Educación, unos 38 mil 555 jóvenes panameños culminaron sus estudios de bachillerato el pasado diciembre. Muchos de estos jóvenes salen a continuar sus estudios, otros van directo al mercado laboral, otros hacen las dos a la vez, pero con el propósito en común de hacerse su propio futuro. Ahora la pregunta es: ¿qué tan bien equipados están para lograr ese objetivo?
En unos días se estará iniciando el Programa de Recuperación Académica, en el cual se espera un estimado de 50 mil estudiantes quienes han reprobado hasta tres materias en el año lectivo 2022, con deficiencias generalmente en materias básicas como español, matemáticas y ciencias naturales. No quiero imaginar cuántos habrán tenido que repetir el año, o peor aún, cuántos habrán desertado del sistema en esas circunstancias.
Nuestra sociedad históricamente se ha referido a estos estudiantes como fracasados, pero año con año, me convenzo más que los fracasados no son nuestros estudiantes, sino nuestro sistema educativo, aupado por las múltiples injusticias socioeconómicas a las que gran parte de estos jóvenes se enfrenta.
El más reciente remezón a la reputación de nuestro sistema educativo lo dio un video que recorrió distintas plataformas de redes sociales, en el cual jóvenes de un colegio público de la capital hablaban, justo el día de su graduación, de las cosas que no aprendieron durante su travesía estudiantil.
En lugar de ver esto como una severa crítica al estado de la educación en nuestro país, muchos tomaron este video como una burla, apuntando su dedo acusador hacia los estudiantes, en vez de mirar hacia la falta de voluntad política para hacer ajustes en nuestros planes y metodologías de enseñanza, así como la asignación de presupuesto para la capacitación de docentes y la exigencia de evaluaciones de desempeño integrales y objetivas.
Le estamos fallando cruelmente a las generaciones futuras y los hemos obligado a disculparse por algo que en realidad es un grito de ayuda. Mientras la prioridad sean las obras de bloque y ladrillo, y no mejoras sistémicas contundentes, estaremos pagando por cascarones vacíos y un futuro incierto.
La autora es miembro de la Fundación Libertad.
