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Invertir en las niñas y mujeres en la ciencia es invertir en la democracia, el bienestar y el futuro

Invertir en las niñas y mujeres en la ciencia es invertir en la democracia, el bienestar y el futuro

Cada 11 de febrero, el Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia nos invita a celebrar avances y vocaciones. Pero, más allá de la conmemoración, esta fecha nos interpela con una pregunta esencial: ¿qué estamos priorizando como país cuando hablamos de desarrollo y bienestar?

Durante décadas, el progreso se ha medido casi exclusivamente a través del crecimiento económico y del producto interno bruto. Sin embargo, hoy existe una reflexión global cada vez más clara sobre los límites de esa visión. En este contexto, el secretario general de las Naciones Unidas, António Guterres, ha impulsado un proceso internacional para repensar los indicadores de progreso, tras reuniones con economistas y líderes globales orientadas a construir métricas que integren bienestar humano, justicia social y sostenibilidad. En un artículo publicado en The Guardian, fue contundente: seguir midiendo el éxito solo en función del PIB nos impide ver lo que realmente importa en la vida de las personas.

No se trata de un debate académico. Es una reflexión estratégica sobre el tipo de país —y de sociedad— que queremos construir.

Porque el desarrollo no se construye solo con cifras. Se construye con personas.

La ciencia como bien público

La ciencia no es un privilegio ni un lujo. Es un bien público. Es una herramienta fundamental para reducir desigualdades, fortalecer instituciones, proteger el ambiente y mejorar la calidad de vida. Pero, sobre todo, es una vía para ampliar horizontes y romper ciclos de exclusión.

Cuando una niña accede a una educación científica de calidad, no solo se fortalece su capital humano; se fortalece la sociedad entera. Se multiplican las capacidades de innovación, resiliencia y cohesión social.

Invertir en niñas y mujeres en la ciencia es invertir en pensamiento crítico, en soluciones sostenibles y en ciudadanía activa. Es apostar por el conocimiento como motor del desarrollo y como base de una democracia saludable.

Ciencia, bienestar y democracia: una misma ecuación

El Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia no trata únicamente de laboratorios o carreras STEM. Trata, en el fondo, de bienestar, equidad y democracia.

Porque no hay ciencia posible —ni innovación, ni futuro— en sociedades que normalizan la desigualdad, que desprotegen a su infancia o que relegan a las mujeres a los márgenes del desarrollo. Y tampoco hay democracia sólida cuando el bienestar deja de ser una prioridad pública.

Vivimos en un contexto de crisis múltiples y simultáneas: climáticas, económicas, sociales, institucionales y de confianza. En un mundo interconectado, las crisis ya no son la excepción; se están convirtiendo en la norma. La pregunta clave es cómo se preparan las sociedades para enfrentarlas.

La respuesta es clara: invirtiendo en personas, empezando por las niñas y las mujeres.

La ciencia necesita entornos que cuiden, protejan y potencien el desarrollo humano desde la infancia. Necesita escuelas seguras, sistemas de protección sólidos, políticas de igualdad y Estados capaces de garantizar derechos. Sin estas bases, hablar de innovación o competitividad es una aspiración vacía.

Existe hoy un malestar profundo en muchas democracias: pactos sociales debilitados, desconfianza ciudadana y brechas persistentes. Cuando los sistemas dejan de responder de manera eficaz y equitativa a las demandas de bienestar, se rompe la confianza. Y cuando se rompe la confianza, las niñas —especialmente las más vulnerables— son siempre las primeras en quedar atrás.

Panamá: cuidar a nuestras niñas es cuidar al país

Panamá ha logrado avances importantes, pero enfrenta profundas desigualdades sociales y territoriales que siguen condicionando el acceso a oportunidades, incluida la educación científica y tecnológica para niñas y jóvenes.

La forma en que cuidamos a nuestras niñas y mujeres es, en realidad, un reflejo de cómo cuidamos al país.

En este sentido, resultan preocupantes las señales de desinversión en políticas sociales clave, visibles tanto en el debilitamiento de los sistemas de protección de la niñez —como los vinculados a la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia— como en las restricciones presupuestarias y estructurales que enfrenta el Ministerio de la Mujer.

Estas no son discusiones técnicas ni administrativas. Son decisiones profundamente políticas que envían un mensaje claro sobre qué se prioriza y qué no.

Un país que desinvierte en su infancia y en sus mujeres compromete su capacidad de construir bienestar sostenible, formar capital humano y fortalecer su democracia.

Porque un país que convive con pobreza persistente y desigualdad estructural seguirá siendo vulnerable. Y una sociedad desigual, tarde o temprano, enfrenta inestabilidad social, fragmentación y debilitamiento institucional.

Las experiencias regionales muestran que los países que han sostenido una inversión social consistente presentan mayores niveles de cohesión, confianza y estabilidad democrática. No se trata de replicar modelos, sino de entender prioridades.

Estado, ciudadanía y cooperación

El mercado, por sí solo, no elimina la pobreza ni corrige desigualdades. No es su función, ni lo será.

El Estado social no puede desaparecer sin consecuencias. Y la ciudadanía tiene un rol central en exigir que no desaparezca.

La transformación real nace en comunidades informadas, empoderadas y conscientes de sus derechos, especialmente entre las personas más vulnerables. Solo así se construye resiliencia social.

En este contexto, el liderazgo que necesitamos es cívico, estratégico y ético. Implica diálogo, cooperación y la capacidad de priorizar el bien común. Hoy, la cooperación ya no es solo deseable: es una estrategia de supervivencia.

El papel de las Naciones Unidas sigue siendo clave en este esfuerzo colectivo, recordando que el desarrollo sostenible solo es posible si es social, ambiental y económico.

Como dijo Eleanor Roosevelt: “¿Dónde empiezan los derechos humanos universales? En los lugares pequeños, cerca de casa…” Si no se respetan los derechos en la escuela, en el barrio y en la comunidad, difícilmente se respetarán a nivel global.

Un compromiso con el futuro

En este Día Internacional de la Mujer y la Niña en la Ciencia, recordemos que invertir en ellas es dar pasos históricos.

Es apostar por sociedades más justas. Es fortalecer nuestras democracias. Es sembrar resiliencia. Es construir paz social.

Invertir en ciencia, educación, igualdad y protección social no es un gasto. Es la inversión más estratégica que puede hacer un país.

Panamá aún está a tiempo de profundizar este compromiso: de fortalecer su Estado social, de priorizar su capital humano y de poner a sus niñas y mujeres en el centro de sus políticas públicas.

Porque cuando una niña aprende, una sociedad progresa.Cuando una mujer innova, una nación se transforma.Cuando protegemos a quienes más lo necesitan, la democracia se consolida.

Que este 11 de febrero no sea solo una conmemoración. Que sea un llamado colectivo a actuar con visión, coraje y responsabilidad.

Invertir en las niñas y mujeres en la ciencia —y en todas las áreas— es, en última instancia, invertir en el futuro del país.

La autora es Coordinadora Residente de las Naciones Unidas en Panamá.


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