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Invertir también es un derecho

Invertir también es un derecho

El 8 de marzo, Día Internacional de la Mujer, suele estar marcado por discursos, reconocimientos y reflexiones necesarias sobre la equidad de género. Sin embargo, más allá de la conmemoración, esta fecha también debería invitarnos a observar aquellas brechas que no siempre son visibles, pero que generan consecuencias económicas reales y duraderas.

Desde mi experiencia de más de 25 años en el mercado de valores en Panamá, he podido constatar que aún persiste un desafío estructural que no ocupa el espacio que merece en la conversación pública: la baja participación de las mujeres en el mundo de la inversión y en la toma de decisiones patrimoniales.

Si realmente queremos hablar de equidad, debemos incorporar con mayor fuerza la conversación sobre inclusión financiera y acceso efectivo a los mercados de capitales. Porque no se trata solo de reconocer derechos, sino de garantizar que más mujeres puedan ejercerlos también en el ámbito económico y patrimonial.

Panamá cuenta con una población femenina altamente calificada. Las mujeres representan una proporción significativa de los graduados universitarios y tienen una presencia cada vez mayor en posiciones profesionales, ejecutivas y empresariales. Sin embargo, esa realidad no se refleja en el mercado de valores.

Como ejecutivo principal de una casa de valores, he podido observar que, en la práctica diaria, muchas mujeres no tienen cuentas de inversión individuales; otras participan de forma indirecta o delegada; y un grupo importante posterga indefinidamente su entrada al mundo de la inversión. El resultado es una desconexión entre formación, capacidad económica y construcción patrimonial de largo plazo.

Si analizamos esta realidad con objetividad y experiencia, encontramos que las razones detrás de la baja participación femenina en el mundo de la inversión son múltiples y profundas.

En primer lugar, la educación financiera ha sido históricamente incompleta: se enseñó a ahorrar, pero no a invertir. El riesgo fue presentado como algo que debía evitarse, en lugar de comprenderse y gestionarse estratégicamente.

A esto se suman barreras históricas que no siempre son visibles, pero que han influido durante años en la forma en que las mujeres se relacionan con el mundo de la inversión.

Durante mucho tiempo, el mercado de valores se comunicó mediante un lenguaje altamente técnico y poco accesible, generando una percepción de complejidad que desincentivó la participación. La inversión fue vista como un terreno reservado para especialistas o para quienes poseen un alto patrimonio, y no como una herramienta disponible para todos.

También ha existido una falta de acompañamiento profesional adecuado. Invertir sin orientación especializada suele generar inseguridad y limitar la confianza necesaria para tomar decisiones patrimoniales con claridad y visión de largo plazo.

Por otro lado, muchas mujeres han postergado la construcción de su propio patrimonio. Entre responsabilidades familiares, profesionales y sociales, la planificación financiera personal suele quedar para “más adelante”, sin dimensionar el impacto que el tiempo tiene en la generación de capital.

Y es precisamente ese tiempo sin invertir el que produce consecuencias económicas concretas: pérdida de poder adquisitivo frente a la inflación, menor acumulación patrimonial, menor independencia financiera futura y una capacidad reducida de decisión ante cambios vitales.

El tiempo es el activo más poderoso en la inversión, y también el más irrecuperable.

El 8 de marzo debe ser una oportunidad para ampliar la conversación. No solo sobre igualdad salarial o representación, sino también sobre quién invierte, cómo se invierte y quién toma decisiones financieras.

Porque invertir no es un privilegio.

Es un derecho y una forma de ejercer libertad.

El autor es CEO de Invertis Securities (Casa de valores)


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