Hace poco logré hacerle un espacio a mi biblioteca personal. Antes toda la casa era una biblioteca y la verdad es que en cualquier momento los libros me iban a matar. Pese a que el nuevo estudio es bastante generoso, la mayoría de los libros no cabe. Para complicar el asunto, un amigo me donó cerca de 500 libros que se suman a los casi 3 mil que poseo.
Cuando postee en las redes que iba a regalar libros, algunos amigos me cuestionaron y criticaron diciendo que uno no regala sus libros, que hay que buscarles una esquina, que siempre hay lugar para los libros, que los organizara, en fin; muy buenos consejos salieron, pero yo no desistí de donar los libros, porque soy de los que piensa que los libros son para los que necesitan leerlos.
Cada uno de mis libros ha pasado por mis manos; pero mentiría si digo que los he leído todos; para ser sincero, debo confesar que la mayoría no los he terminado. Algunos los he logrado llevar hasta la mitad, otros un par de páginas y otros no los he soportado. En cambio, otros los he leído con tanta pasión y gozo que me he propuesto releerlos. De hecho, creo que algunos van para su tercera lectura.
Tomé la decisión de quedarme con aproximadamente 500 libros. Son los libros que voy a releer en la comodidad de mi estudio o en la terraza. Uno de esos libros será el que se abrirá por última vez antes de mi viaje sin retorno. Releer para mí tiene un placer misterioso que va más allá de la satisfacción de la comprensión de lectura.
Creo que existen dos momentos en el encuentro con un libro: el primero es la aproximación al texto por medio de la comprensión de su significado y el segundo es la comprensión del significado de las cosas que encierra. Al segundo solo se llega al momento de volver a leer; es un estado de gracia. Es cuando la humanidad de un libro nos atrapa para siempre.
El autor es escritor
