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Israel lucha por un futuro mejor para el mundo

Israel lucha por un futuro mejor para el mundo
Un obús autopropulsado israelí dispara proyectiles hacia el sur del Líbano desde una posición en la Alta Galilea, en el norte de Israel, cerca de la frontera, el 15 de marzo de 2026. / Getty Images

La guerra que el Estado de Israel está llevando a cabo en estos días no es un episodio más de un conflicto regional limitado, sino parte de una lucha más amplia por la estabilidad internacional y el futuro del mundo libre. Nuestra concepción estratégica es clara: no se trata únicamente de la defensa de las fronteras de Israel, sino de hacer frente a una amenaza de gran alcance cuyo origen se encuentra en Irán.

Durante años, Irán ha trabajado para consolidar su influencia regional mediante el desarrollo de capacidades militares avanzadas, el apoyo a organizaciones terroristas y la ampliación del alcance de su amenaza más allá de Oriente Medio. El pasado fin de semana, Irán lanzó misiles balísticos hacia la isla de Diego García, en el océano Índico, a una distancia de 4,000 kilómetros de Teherán. Estos misiles de largo alcance también pueden alcanzar capitales europeas como Berlín, París, Londres y Roma. Esto constituye un recordatorio de que esta amenaza va mucho más allá de las fronteras de Israel.

Amenazas de este tipo no desaparecen cuando se ignoran; se intensifican. Por ello, Israel ha decidido actuar con determinación, pero también con responsabilidad. Israel no permitirá la creación de una realidad en la que un régimen extremista posea capacidades —entre ellas, capacidades nucleares— que pongan en peligro su existencia y la estabilidad de toda la región. Para comprender la magnitud del riesgo de ignorar amenazas en desarrollo, conviene recordar lo ocurrido en Europa en vísperas de la Segunda Guerra Mundial.

En la década de 1930, países líderes, encabezados por Gran Bretaña y Francia, adoptaron una política de apaciguamiento hacia Adolf Hitler. En el marco del Acuerdo de Múnich, se permitió a la Alemania nazi apoderarse de partes de Checoslovaquia con la esperanza de evitar una guerra. Sin embargo, en lugar de frenar la agresión, esta política la fortaleció. En poco tiempo quedó claro que las concesiones no trajeron la paz, sino que condujeron a una devastadora guerra mundial.

La lección histórica es clara: posponer la confrontación con una amenaza peligrosa —e Irán es una de las amenazas más significativas para el mundo en las últimas décadas— no la elimina, sino que a menudo aumenta el costo futuro.

Paralelamente al esfuerzo militar, se lleva a cabo un intenso esfuerzo diplomático. El ministro de Relaciones Exteriores de Israel y mis colegas embajadores en todo el mundo trabajan para dejar claro a la comunidad internacional que no se trata de un conflicto local, sino de un desafío compartido por muchos países. Cuando una amenaza de misiles alcanza miles de kilómetros, la pregunta no es “si nos afecta”, sino “cuándo llegará también a nosotros”.

El frente norte ilustra claramente la conexión directa entre Irán y la inestabilidad regional. La organización terrorista Hezbolá, financiada por Irán, constituye un ejemplo de cómo este país combina ideología, terrorismo y capacidades militares. Por ello, cualquier golpe a las capacidades iraníes repercute también en otros frentes.

La semana pasada recordamos con dolor el atentado contra la embajada de Israel en Argentina, ocurrido hace 34 años, en el que fueron asesinadas 29 personas, incluidos cuatro diplomáticos. Dos años después, en 1994, terroristas de Hezbolá, bajo instrucciones de los ayatolás de Irán, perpetraron nuevos atentados en América Latina: contra el edificio de la comunidad judía en Buenos Aires, donde murieron 85 civiles, y contra un avión de la aerolínea Alas Chiricanas, en ruta de Colón a Panamá, en el que fueron asesinados 21 civiles. Lo he señalado antes y lo reitero: Irán es uno de los principales exportadores de terrorismo en el mundo.

No obstante, es importante subrayar que Israel no actúa por un deseo de escalar la situación, sino por la necesidad de proteger a sus ciudadanos y garantizar un futuro más seguro. Se trata de un esfuerzo complejo, que incluye también la resiliencia de los ciudadanos de Israel en la retaguardia, un componente esencial en cualquier guerra moderna.

Por ello, no hablamos únicamente de Israel, sino de principios compartidos: el derecho de los Estados a defenderse, la necesidad de enfrentar las amenazas a tiempo y la importancia de la cooperación entre países que comparten valores similares.

En última instancia, el mensaje es claro: la responsabilidad de la seguridad y la estabilidad no recae en un solo país. Es una tarea compartida por toda la comunidad internacional. Israel seguirá actuando para defenderse, pero también continuará trabajando junto a sus socios, con la convicción de que los desafíos de hoy son los desafíos de todos.

El autor es embajador de Israel en Panamá.


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