Durante décadas, el régimen de Irán ha proclamado abiertamente consignas que no dejan espacio para la ambigüedad: “Muerte a Israel” y “Muerte a América”. No eran simples palabras. Mientras esas consignas resonaban en la plaza principal de Teherán, el régimen enriquecía uranio, desarrollaba misiles balísticos y enterraba instalaciones militares bajo tierra. La retórica iba acompañada de una estrategia.
Hoy, Israel actúa junto a su aliado, Estados Unidos, para detener una amenaza que se volvió existencial. No se trata de una decisión impulsiva ni de una aventura militar. Es el resultado de años de advertencias ignoradas, compromisos incumplidos y diplomacia agotada.
Israel no busca conflictos. Ninguna nación responsable los busca. Pero toda nación responsable tiene el deber de proteger a sus ciudadanos cuando un adversario declara abiertamente su intención de destruirla y, además, construye los medios para hacerlo.
El régimen iraní no solo ha desarrollado capacidades nucleares en abierta contradicción con el Derecho Internacional y las resoluciones de la ONU. También ha armado milicias y organizaciones terroristas en todo el Medio Oriente, ha ampliado su arsenal de misiles y ha reprimido brutalmente a su propio pueblo. No es un actor defensivo; es un exportador de inestabilidad.
Las consecuencias de esa política ya no son teóricas. Misiles y drones lanzados por Irán y sus aliados han impactado ciudades israelíes. Civiles inocentes han muerto y resultado heridos. Estas armas no distinguen entre soldados y familias. Su objetivo es sembrar terror.
Frente a esta realidad, Israel actuó para neutralizar infraestructuras nucleares, instalaciones de misiles y redes operativas que sostienen el terrorismo regional. Esta acción se lleva a cabo en el marco del Derecho Internacional y del derecho inherente de autodefensa reconocido por la Carta de las Naciones Unidas.
Algunos han condenado la operación con rapidez. Sin embargo, es importante recordar que la escalada no comenzó ahora. Comenzó cuando Irán financió organizaciones terroristas como Hezbolá y Hamás, exportó armas, aceleró su programa nuclear y atacó a su propia población con represión sistemática. La comunidad internacional no puede sorprenderse cuando las amenazas acumuladas finalmente generan respuestas.
La historia del siglo veinte enseña que ignorar declaraciones de destrucción nacional es un lujo que el pueblo judío no puede permitirse. Cuando un régimen promete borrar a Israel del mapa y simultáneamente desarrolla misiles y tecnología nuclear, Israel tiene la obligación moral y estratégica de tomar esas amenazas en serio.
Esta confrontación no es contra el pueblo iraní. Israel distingue claramente entre el régimen y la sociedad. El pueblo de Irán posee una historia milenaria, una cultura rica y un deseo legítimo de prosperidad y libertad. La operación actual no apunta contra ellos, sino contra un sistema político que ha invertido en armas mientras su economía sufre y su población enfrenta restricciones y represión.
Israel cree que un Irán libre, próspero y en paz con sus vecinos sería una fuerza positiva para la región. El mundo no teme a un Irán democrático; teme a un régimen extremista armado con capacidad nuclear.
Esta semana, el pueblo judío en todo el mundo celebra la festividad de Purim, millones de israelíes lo harán desde refugios antimisiles incluyendo mi mamá de 87 años y mi nieta de 8 meses. La historia de Purim, que ocurrió en la antigua Persia, recuerda cómo la indiferencia ante amenazas genocidas puede tener consecuencias devastadoras, y cómo el valor de actuar a tiempo puede cambiar el curso de la historia.
Ese mensaje no es solo antiguo; es profundamente contemporáneo.
Tras el Holocausto, la comunidad internacional prometió que nunca permitiría que amenazas existenciales contra un pueblo fueran ignoradas hasta que fuera demasiado tarde. Esa promesa implica actuar cuando el peligro aún puede detenerse.
Israel y Estados Unidos actúan juntos no porque busquen guerra, sino porque se niegan a ignorar amenazas explícitas de destrucción. La meta es clara: impedir que un régimen extremista obtenga armas nucleares y garantizar que ningún actor radical pueda amenazar la estabilidad regional ni la seguridad global.
Israel sigue comprometido con la paz. Pero la paz sostenible no se construye ignorando el peligro, sino enfrentándolo antes de que sea irreversible.
La seguridad de Israel es inseparable de la estabilidad de Medio Oriente. Y la estabilidad de Medio Oriente es inseparable de la seguridad del mundo.
Esa es la realidad que enfrentamos hoy. Y esa es la razón por la que Israel actuó.
El autor es embajador de Israel en Panamá.
