Escribo estas líneas con la satisfacción de honrar la memoria de Jorge Liakopulos, fallecido en 2024: un amigo, un hombre de familia y un trabajador incansable que sobresalió en los negocios gracias a su esfuerzo de muchos años. Su historia personal también forma parte de la historia de una familia griega que hizo de Panamá su hogar y dejó una huella en la vida cotidiana de varias generaciones de panameños.
La familia Liakopulos procede de un caserío llamado Gouvalaria, no muy lejos de la ciudad de Kalamata, en el Peloponeso, Grecia.
El primero en llegar a Panamá, en 1927, fue Demetrio Liakopulos. Después fueron llegando, poco a poco, los otros hermanos: Juan, Panagiotis, Pericles y Jorge. Este último arribó a Panamá a la edad de 17 años, en 1955. Hoy en día no queda ningún miembro de la familia Liakopulos en el caserío de Gouvalaria.
Juan, Panagiotis y Pericles fundaron el Café El Pueblo, conocido popularmente como La Puñalada, ubicado al final de la avenida Cuba, en el populoso barrio de El Marañón (Guachapalí), cerca de donde hoy se encuentra el Museo Afroantillano. El restaurante inició operaciones en 1949.
El nombre de La Puñalada se lo puso el locutor Víctor Julio Gutiérrez, cuando anunciaba en los sorteos de la lotería “la puñalada del sabor”. Entonces, los emparedados costaban 10 centésimos; la sopa, 25 centésimos, y el plato de comida, 50 centésimos.
A altas horas de la noche, en La Puñalada se encontraban jóvenes y personas de mediana edad que venían de bailes y parrandas y querían comer algo antes de acostarse. Otra característica del restaurante era que acudían personas de todas las clases sociales: muchas llegaban a pie, otras en bus y otras en sus automóviles particulares.
Don Pericles trabajó durante 30 años en el turno de la madrugada. Eso le permitió hacer muchos conocidos y amigos, porque a esas horas llegaban a la cafetería personas con una actitud festiva y de buen humor.
Jorge Liakopulos siguió ese camino y siempre se dedicó al negocio de los restaurantes. Originalmente tuvo las refresquerías de los cines Tívoli y Capitolio, ambos ubicados en el barrio de Calidonia y hoy desaparecidos.
Lo conocí en la década de 1960, cuando yo trabajaba en el Banco Fiduciario y Jorge era cliente de la institución. Entablamos una amistad que se prolongó durante muchos años. Tiempo después, cuando abrió el primer Nikos Café en la calle Gerardo Ortega, a un costado del supermercado Rey de Vía España, acostumbraba tomarme un café con él y conversar sobre los acontecimientos del momento.
A través de los años pude ver el crecimiento de Nikos Café en distintas partes de la ciudad. Visitaba el de calle 50 los fines de semana, cuando tenía trabajadores en mi casa y les compraba su almuerzo. Casi siempre me encontraba allí con mi amigo Jorge, quien departía en una mesa con otros paisanos griegos. Lo saludaba y aprovechábamos para conversar e intercambiar impresiones.
Como culminación de sus actividades empresariales con Nikos Café, Jorge Liakopulos conformó un grupo de inversionistas para comprar el Hotel Sheraton. Los inversionistas eran Jorge Liakopulos, Domenico Iovane, del Restaurante Napoli, Jorge Araúz, Anastacio Atanasopulos y otros inversionistas minoritarios.
El crecimiento de Nikos Café estuvo acompañado también por su participación en momentos importantes para el país. A finales de diciembre de 1989, atendió a miles de damnificados de El Chorrillo, ubicados en hangares de Albrook.
En aquellos días yo era presidente del Club Rotario Panamá Sur y me involucré en la atención de los damnificados. Con la ayuda de don Raúl Orillac, su esposa Thelmita, Jorge Boyd y otros miembros del club, organizamos una colecta de ropa en la que se obtuvieron alrededor de 50,000 piezas para distribuir entre las familias.
Nikos Café también estuvo presente en otros acontecimientos y actividades multitudinarias. Atendió eventos deportivos, concursos, encuentros internacionales y la alimentación de miles de cubanos que fueron ubicados temporalmente en campamentos de Nuevo Emperador, en el área conocida como Emperador Range. Nicolás Liakopulos, hijo de Jorge, recuerda aquellos días en ese antiguo campo de práctica de tiro.
Con los años, los restaurantes también participaron en la atención de eventos como los Juegos Centroamericanos, la Jornada Mundial de la Juventud, la Cumbre de las Américas y la Ruta Quetzal, entre otros. Sus establecimientos incluso sirvieron de escenario para producciones cinematográficas.
Pero detrás de esa expansión empresarial estuvo siempre una familia. Jorge trabajó en equipo con sus hijos, y esa organización familiar constituye un ejemplo de solidaridad empresarial y continuidad entre generaciones.
Cuando recuerdo a Jorge, no pienso solamente en el empresario que vi crecer junto con Nikos Café. Recuerdo al amigo con quien compartía un café y una conversación, al hombre dedicado a su familia y al inmigrante que, como tantos otros que hicieron de Panamá su hogar, convirtió el trabajo constante en una manera de echar raíces.
Por eso escribo estas líneas: para recordar a un amigo y reconocer una vida construida durante décadas de esfuerzo. La historia de Jorge Liakopulos permanece en su familia, en los negocios que ayudó a levantar y también en la memoria de quienes tuvimos el privilegio de conocerlo.


