“Welcome to the US Canal!” rezaban las grandes pantallas en el recién inaugurado “US Canal Museum - Sponsored by X”, el cual mostraba toda la historia del Canal, que desde hace un rato se encontraba en manos de los Estados Unidos. Pedro, quien veía la noticia en la cafetería de la Empresa Nacional de Estatizaciones, jamás se imaginó que el Canal se revertiría a USA y se preguntaba ahora con qué plata se pagarían los más de 5 mil millones de subsidios que se estaban brindando por el inmenso desempleo, e informalidad rampante, que había en el país. “Curioso”, se dijo a sí mismo, “así entonces es como se siente que te expropien tu propiedad…”, levantándose para ir a su despacho, donde nuevamente iría a rezarle a la Santa María para ver de dónde el camarada Saulo Ramírez sacaría los Balboas Fuertes para pagarle al pueblo.
Creo que ninguno de nosotros tenía al iniciar el año en su tarjeta de bingo, que el presidente electo de Estados Unidos haría los comentarios que hizo acerca del Canal de Panamá. No, en ninguno de los catorce millones seiscientos cinco futuros alternativos que vio el Doctor Strange se tenía esto previsto. Pero henos aquí, a punto de iniciar un nuevo año con diversos desafíos –muchos de ellos de vieja data– y con tremendas oportunidades para avanzar que no debemos desaprovechar.
La situación que estamos enfrentando, tanto coyuntural como estructuralmente, es una en la que, más que nunca, debemos regresar a las bases para que podamos retomar el rumbo del desarrollo sostenible que necesitamos como país. Para ello, el enfoque debe ser el de generar confianza para atraer las inversiones, tanto locales como extranjeras, que se requieren para tener más y mejor empleo y prosperidad. Esto solo se consigue, por un lado, mejorando la calidad de la educación que se le brinda a todos, en particular a las capas medias y bajas; y por otro, reforzando la institucionalidad, la seguridad jurídica, y el estado de derecho. Cuando estos ingredientes se juntan, se crea el caldo perfecto para que los inversionistas compren nuestro plato y usen su dinero en el restaurante Panamá. Y es que, al final del día, no va a ser el gobierno –o papá Estado– quien nos venga a salvar. El gobierno servirá de facilitador para que todo esto ocurra, pero no será quien coloque el chen chen en el bolsillo de cada uno de nosotros. No, esto solo lo hace el sector privado, como bien el mismo presidente José Raúl Mulino lo ha dicho, con la creación de los puestos de trabajo, y también lo hacemos cada uno de nosotros con nuestras ganas de trabajar e innovar para mejor servirnos los unos a los otros.
Algo que tampoco debemos dejar pasar por alto es la gran oportunidad que se nos ha dado, casi que en bandeja de plata, con los comentarios del presidente electo Trump. Gracias a su comportamiento y cómo utiliza la retórica para negociar, Panamá está nuevamente en el spotlight mundial y debe aprovecharlo. Si como panameños nos ponemos las pilas, podemos hacer tremendo uso de esto para atraer turistas de todas partes del mundo al país, no solo al Canal, y que vean de primera mano que aquí tenemos el paraíso americano –no solo un sueño– con todas las bondades que ofrece nuestro querido país. Que el nuestro no es un país de piratas, o de papeles, o de lavadores de dinero, sino uno de gente capaz, trabajadora, y a la cual, si le sumamos lo que mencioné en el parágrafo anterior, pueden realmente llegar a crear esa potencia económica que está en nuestro ADN.
El 2025 está a la vuelta de la esquina. La CSS, el tema minero, los embalses, los rumores de una potencial reforma fiscal, el desempleo e informalidad, son todos desafíos que tenemos en nuestras tarjetas de bingo. Pero no son retos que no podremos superar y a los cuales no les podemos sacar grandes réditos, si los manejamos bien. En nosotros está el que así sea y que, en este nuevo año, logremos todos avanzar hacia la prosperidad y libertad, con verdadero paso firme.
El autor es miembro de la Fundación Libertad.

