De acuerdo a la tradición judeocristiana, la Semana Santa es un espacio de tiempo para reflexionar sobre la muerte de Cristo, quien es considerado el arquitecto de la religión católica, y posiblemente uno de los personajes más icónicos para la filosofía altruista.
Cristo, quien desbordaba gentileza y compasión por la humanidad, fue falsamente acusado por el Sanedrín de Jerusalén de sedición de otros crímenes eclesiásticos, simplemente por promover una cosmovisión distinta a la comulgada por la mayoría conservadora del pueblo de Jerusalén, generando intranquilidad y disconformidad entre las autoridades teócratas que simpatizaban con el statu quo del viejo orden.
El juicio contra Cristo fue desarrollado con un sinnúmero de irregularidades, las cuales, desde una óptica contemporánea, serían consideradas violaciones a los derechos humanos del acusado, incluyendo, entre otras, la confusión voluntaria de la jurisdicción eclesiástica con la imperial, y la imposición de la pena capital de forma incompatible con la sanción correspondiente por infringir la ley de Moisés al autodenominarse hijo de Dios.
El juicio político, como es de conocimiento general, fue llevado a cabo ante el prefecto Pilato, en representación del imperio, quien en una actitud de sumisión, cedió a las ansias de castigo de los espectadores, permitiendo que democráticamente condenaran a un hombre inocente de acuerdo con la ley del imperio, inmortalizando de esa forma uno de los episodios más oscuros de la democracia por ceder ante la tiranía de la mayoría e imponerse sobre la vida de un ser humano, lo cual será recordado hasta que la historia toque fondo.
No sé si Pilato mostró remordimiento o se arrepintió por su acto de cobardía, pero sí se que a Cristo lo mató la mayoría, esa que nunca se equivoca y liberó a Barrabás en su lugar. Esa misma mayoría permitió que crucificaran a un inocente en abierta contravención a lo que hoy equivaldrían a sus derechos humanos, mientras que embriagada de poder se regocijaba en una falsa autoridad conferida por el equivocado adagio que dicta vox populi vox dei, es decir, la voz del pueblo es la voz de Dios.
Hay cosas que no están sujetas a la aprobación de la mayoría, y el respeto a los derechos humanos es una de ellas, porque estos se ejercen sin necesidad de contar con un respaldo democrático.
Así funcionan los derechos humanos. Son instrumentos jurídicos diseñados precisamente para proteger a las minorías indefensas frente a las atrocidades cometidas por el Estado o por una mayoría cuya autoridad descansa en concepciones democráticas distorsionadas. Su contenido nace de una construcción social en constante evolución, de modo que lo que ayer no era considerado un derecho humano, mañana podría serlo. El juicio de Cristo no me permitirá mentir sobre esto último, pues si el respeto al debido proceso no formaba parte del jus gentium de la antigua Roma, en la actualidad no cabe duda de que todos los sistemas jurídicos civilizados lo consideran un derecho humano.
Nada en exceso es bueno, y la sobredemocracia no es la excepción. Si el juicio de Cristo fuese repetido en nuestros tiempos, ¿cuántos se atreverían a condenarlo bajo la idea de que la mayoría no se equivoca? ¿a cuántas minorías volveríamos a crucificar? Cuando “internalicemos” que la democracia puede distorsionarse hasta perder sus nobles fines para convertirse en un instrumento de represión en perjuicio de minorías vulnerables, entonces habremos comprendido su verdadero alcance.
El autor es miembro de la Fundación Libertad
