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Sábado Picante: Jürgen Mossack, ¿el superhéroe panameño?

Sábado Picante: Jürgen Mossack, ¿el superhéroe panameño?
Rolando Rodríguez

“Erhard Guenther Mossack (16 de abril de 1924), nacido en Grube-Ericka, el nazi, era un hombre de rostro adusto, 176 centímetros de estatura y varias cicatrices: en los dedos y debajo del brazo izquierdo, donde se cortó la piel para borrar un tatuaje que revelaba su vínculo con las SS [un cuerpo militar que controlaba todo el aparato represivo y de seguridad del Tercer Reich –incluyendo la policía política (Gestapo) y la administración de los campos de exterminio–]. Su oficio: cerrajero y miembro de la temible división Totenkopf (que se puede traducir literalmente como ‘cabeza de muerto’). Cuando lo atraparon las fuerzas aliadas vendería información para salvarse. A eso se dedicaría el resto de su vida”.

“Su hijo, Jürgen Rolf Dieter Mossack (20 de marzo de 1948), nacido en Fürth, ciudad de Baviera, unos 178 centímetros, piel sin marcas por heridas a simple vista. Su profesión: abogado creador de empresas offshore, protagonista de los Panama Papers. Los 11.5 millones de archivos clasificados, procedentes del bufete que fundó (Mossack Fonseca), se consideran el mayor escándalo de filtración de documentos confidenciales de la historia. Jürgen Mossack, multimillonario, díscolo y vanidoso, buscaba ser una sombra para la sociedad panameña. Lo había aprendido de su padre, el nazi, quien llegaría incluso a ofrecerse como espía para Estados Unidos”.

Así comienza un artículo del diario español El Mundo, publicado en 2016, meses después de estallar el escándalo. Diez años después, el pasado martes 26 de mayo, el abogado mencionado en el segundo párrafo —Jürgen Mossack— participó en un encuentro con docentes en el campus de la Universidad de Panamá, abarrotado, según pude ver en imágenes del evento, en una actividad titulada “Rescatando la dignidad del país, la firma [Mossack Fonseca] y sus colaboradores”. Allí daría su versión, como protagonista, ante una audiencia embelesada, ávida de escuchar al hijo del nazi.

Si quienes asistieron a ese evento hubiesen averiguado quién les hablaría, ¿habrían ido? No lo sé. Tampoco tengo idea de lo que dijo, pero presumo que nada mencionó sobre su oscuro pasado familiar, sobre su llegada al país y sobre cómo su firma le vendió sociedades panameñas a la escoria del mundo. Su socio, Ramón Fonseca, solía decir que vender sociedades anónimas panameñas era como vender cuchillos: si alguien compra un cuchillo y mata a una persona, la culpa es del homicida, no del fabricante. Pero cuando, a sabiendas, le vendes cuchillos a un homicida, entonces ¿eres o no parte del problema? ¿O es que no conocían ni sabían lo que hacían sus clientes?

Mossack seguramente se victimizó: que se ganaba el pan honradamente vendiendo sociedades. Pero ¿explicó por qué las sociedades panameñas eran consideradas herramientas de delincuentes? ¿Dijo cuántos millones acumuló en sus cuentas bancarias haciendo negocios con la bandera panameña, arrastrándola en sociedades que vendían a delincuentes o que aparecían en esquemas de tráfico de armas y redes de corrupción vinculadas a figuras prominentes, políticos y allegados gubernamentales? Y no solo eran sociedades panameñas: aquello era un supermercado de jurisdicciones.

No dudo que haya abogados que se fijan muy bien a quién le venden una sociedad, de la jurisdicción que sea, pero evidentemente en Mossack Fonseca actuaron sin escrúpulos, solo para ganar dinero. Les importó un rábano la bandera o el nombre de Panamá, pero ahora el alemán es el más ferviente panameño y, cual superhéroe, va al rescate del pabellón nacional junto con aquellos que le creyeron sus cuentos de camino.

Lo mismo ocurre con el abanderamiento de naves. Millones ganan algunos abogados y firmas que, actuando únicamente con el afán de enriquecerse, son capaces de poner nuestra bandera donde sea. Pero luego son los primeros en retirar su nombre y firma de los papeles que facilitaron el abanderamiento de barcos sancionados. Y si la situación se vuelve contra ellos, entonces se convierten en los más nacionalistas: se rasgan las vestiduras sin reconocer que son ellos quienes llevan la bandera al lodo maloliente de sus negocios porque, al fin y al cabo, están obligados a conocer a sus clientes. Ignorar quiénes son no es excusa válida.

Abanderar naves y sociedades es un negocio que mueve millones de dólares. No digo que todo sea malo, pero siempre existe un riesgo porque, como en cualquier profesión, hay maleantes. Y en ese negocio, en consecuencia, será inevitable que se haga mal uso de esos instrumentos y que nuestra bandera tenga que cargar con la podredumbre y la miseria de quienes comercian indiscriminadamente con ella.


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