El siglo XIX descifra todo un proceso histórico, sociológico y político que labró a Panamá como nación durante un periodo evolutivo de compleja formación y larga data.
Es la gestación de la nación panameña en el actuar institucional, político y académico, digna de repasar ante la abundancia de pruebas de una nacionalidad panameña vigorosa y autónoma; aunque la patraña de nación inventada e identidad limitada salga todavía a la luz, de vez en cuando, para potenciar la frustración ideológica o la insulsez intelectual y debilitar, de manera categórica e indubitable, la identidad nacional.
Exaltar, recordar y transmitir el legado del siglo XIX es parte de la construcción y fortalecimiento de la nacionalidad panameña, desarrollada a través de ese nacionalismo reflejado en nuestra conducta cívica. Pero la nacionalidad no se genera de forma espontánea, sino que se construye a través del trabajo diario, con la transferencia del conocimiento cívico de nuestras instituciones patrias, tanto en las escuelas como en las universidades públicas y privadas. Ese trabajo diario por construir la nacionalidad se alimenta, además, con el comportamiento vertical del ciudadano en la casa, en el trabajo y en la calle.
El siglo XIX nos dejó un legado, reflejado en el fortalecimiento de la nación panameña, que se construyó sobre orígenes y conductas: orígenes de carácter geográfico e histórico, o conductas transitistas y librecambistas señaladas por Justo Arosemena en su Estado Federal. Nada menos que el “Padre de la Nacionalidad Panameña” y, seguramente, nuestra figura más emblemática del siglo XIX, lo que nos motiva y dirige hacia la búsqueda y entendimiento de nuestra nacionalidad y la importancia de vincular la paternidad de esta con su inalcanzable semblanza universal. Panamá era una nación fundamentada en una construcción cultural que iba forjando, a través del tiempo, una identidad nacional que, a medida que se fortalecía con una actitud y un comportamiento nacionalistas, asentaba las bases sólidas de la nacionalidad.
El siglo XIX fue una época en la que nacieron, crecieron y desarrollaron su intelecto panameños de gran valía, principalmente cuando el Istmo se emancipa de la monarquía española y se crea una atmósfera decimonónica tétrica con la unión a Colombia.
Retazos del siglo XIX dibujan una época conmocionada ante el abandono y la desidia colombiana, frente, como queda dicho, al elemento que no puede ser soslayado, como es el alejamiento del Istmo del Imperio español, formándonos como nación en un ambiente lóbrego ante las confrontaciones bélicas y diferencias políticas desde la Patria Grande, lo que delineaba el drama, la decadencia y el ocaso de una época. Bajo ese prisma sobresale el pensamiento crítico de valiosos panameños como Justo Arosemena para ordenar criterios e ideas desde sus propias perspectivas éticas, jurídicas, económicas, sociales, constitucionales y filosóficas que traspasarían tiempo y fronteras y que, al erigir una férrea defensa del interés nacional frente al imperialismo rampante, impulsaron la nacionalidad panameña ante la importancia geopolítica del momento.
Sobre todo, como queda dicho, sobresale quien opta por ejercer su paternidad para fortalecer el concepto y la búsqueda de la nacionalidad y quien potenció, además, toda una serie de vigores que delinearon el camino hacia una autonomía istmeña.
No faltan las críticas radicales al concepto de nación que califican a la patria panameña como un esquema ideológico impuesto por los “albaceas intelectuales de la oligarquía” o como producto servil y patriotero del imperialismo, argumentos sesgados de los que también aprendemos para enderezar el conocimiento, desarrollando valores nacionalistas ligados a la evolución de una conciencia liberal en el siglo XIX y que, además, nos permiten comprender el establecimiento de un Estado Soberano, la expedición del documento en Rionegro y la firma del Convenio de Colón. Hasta que llegamos, como consecuencia de todo lo anterior, al devenir republicano, resaltando el resplandor independentista en el pensamiento y raciocinio de Justo Arosemena.
El siglo XIX fue difícil y frustrante para el istmeño. Tanto que podría ser considerado como un punto muerto desde el concepto nacionalista. Una especie de apocalipsis de la nacionalidad panameña ante el descalabro de la Gran Colombia, el agotamiento del Estado Federal y los fracasados intentos separatistas. Pero dicho aparente oscurantismo abre camino a un proceso histórico que identifica actuaciones que se afincan en la necesidad de una autonomía. Proceso que acumula la realización de diversas aspiraciones nacionales que, estudiadas y analizadas de manera integral, brindan coherencia y unidad en la edificación de un proyecto panameño a pesar de los reveses.
Un siglo XIX que, a pesar de ser una época convulsionada, pero con el liderazgo y protagonismo de Justo Arosemena, pudo proyectar la nacionalidad panameña hacia el más alto firmamento nacionalista y patriótico.
El autor es abogado.


