Panamá es un país donde hablar de salud mental todavía resulta incómodo, se minimiza o se ignora. Pero hay una realidad que ya no se puede tapar con frases como “eso es falta de carácter” o “pon de tu parte”: nuestra juventud está emocionalmente agotada y, muchas veces, sola.
Vivimos en un entorno donde a los jóvenes se les exige mucho y se les entiende poco. Deben estudiar, trabajar, “salir adelante”, ayudar en casa, emprender, cuidarse y, además, no quejarse. La presión viene de todos lados: redes sociales, familias, instituciones, entornos laborales y hasta de ellos mismos. Pero nadie les enseña a gestionar el estrés, a lidiar con el miedo al fracaso o a reconocer cuándo pedir ayuda.
¿Y cuando lo hacen, a quién acuden?
Los servicios públicos de salud mental en Panamá son escasos, centralizados y desbordados. Un joven con ansiedad o depresión debe enfrentarse a una larga espera para conseguir una cita con un psicólogo, si logra conseguirla. En el sistema educativo, hablar de salud emocional sigue siendo un lujo, no una prioridad.
Lo más preocupante es que muchos ni siquiera se atreven a hablar del tema. Tienen miedo de ser juzgados, señalados o tomados por débiles. Por eso, guardan silencio. Sufren en silencio. Y eso, en una etapa tan vulnerable como la juventud, puede ser devastador.
No estamos hablando de “chiquilladas” ni de “dramas”. Estamos hablando de realidades duras: jóvenes con ataques de pánico, insomnio, pensamientos autodestructivos o agotamiento extremo, que siguen con su vida como si nada pasara porque no sienten que tengan otra opción.
Y en medio de todo eso, todavía se les exige “tener actitud”, “ser positivos” o “no rendirse”. ¿Cómo pedimos fortaleza a quienes apenas están aprendiendo a conocerse a sí mismos?
A pesar del abandono institucional, algo está cambiando. Cada vez más jóvenes panameños están rompiendo el silencio, hablando abiertamente en redes sociales sobre su ansiedad, su proceso terapéutico, su necesidad de parar. Y eso es valiente. Porque visibilizar también es sanar.
Pero no basta con la fuerza individual. El Estado tiene que responder.
Necesitamos salud mental gratuita y accesible desde la primaria hasta la universidad. Necesitamos campañas nacionales que normalicen hablar de emociones. Necesitamos docentes y líderes capacitados para detectar señales de alerta. Y, sobre todo, necesitamos dejar de mirar a otro lado cuando un joven dice: “No me siento bien”.
Porque cuidar la salud mental no es una moda ni un privilegio: es un derecho. Y cuando lo garantizamos, no solo protegemos al individuo, sino también al país. Un joven emocionalmente estable es un joven con más herramientas para aportar, crear, decidir y vivir.
La juventud panameña merece más que sobrevivir. Merece bienestar, apoyo y acompañamiento real. Merece saber que no está sola.
La autora es docente.
