“No escapan las voces que reclaman este Canal para otra gente y nosotros no podemos permitir que eso se dé. El Canal de Panamá es panameño. Aquí hubo sangre, sudor, lágrimas, muertos... y, repito, no podemos dejárnoslo quitar”.
No son una simple despedida burocrática las palabras de Ricaurte Vásquez ante esclusa de la Ampliación, hermano siamés del Canal centenario, con ADN 100% panameño, gestado en las urnas en 2006 con más del 76% de un SÍ rotundo. El discurso funciona como un hecho institucional autónomo: una desclasificación de inteligencia en tiempo real y, sobre todo, un sutil desafío y advertencia directa a su sucesora, Illya Espino de Marotta.
La mecánica de la transición rige la psicología de este traspaso de mando. Con el finiquito asegurado del cargo oficial mejor pagado del país, el mensaje soterrado para la ingeniera del casco rosa puede entenderse con lógica implacable: “Te lo advierto, te dejo los tamales sobre la mesa, y la verdad... ¡yo voy por fuera!”.
Para el presidente José Raúl Mulino y el ministro Chábrego, el análisis de este desafío es de estricto orden constitucional. Espino de Marotta no es una ministra subordinada al Gabinete; ostenta un rango mayor y opera blindada por un trípode normativo de hormigón armado: el Título XIV de la Constitución, la Ley Orgánica y el Tratado de Neutralidad Permanente, al que respaldan muchos Estados y la comunidad marítima global. La estructura única de selección de la ACP —donde una firma independiente de alto nivel filtra los CVs de panameños y la Junta Directiva decide— aísla al Canal de la rapiña de la Asamblea y del Ejecutivo. Antecesor de Vásquez confesó que diputados lo metieron, sin éxito, en un “cuartito” parlamentario. Hienas hambrientas. El Canal, en la ley, está protegido de la política local.
La advertencia de Vásquez delínea con precisión el tamaño de los tamales que hereda la nueva administración. En el tablero del dribleo internacional, el fantasma de China no llega a wantón; por violar la Constitución, la empresa Hutchison Whampoa -al igual que Quantum- fue relevada de los puertos tras un fallo judicial inapelable y en estricto derecho. El tamal grande es el de la corriente MAGA y el esquema de acoso de Donald Trump. En la hiperrealidad geopolítica, Washington tradujo la legalidad local panameña en una victoria de su propia guerra fría, enviando al almirante Caudle a aplaudir una “seguridad robusta”. Vásquez no lo manifiesta, pero alude al interés manifiesto de la Casa Blanca por desconocer la soberanía de la vía por parte del Estado panameño, como la “magalucia” tramada en Groenlandia. ¿Tendrá la futura administradora el resorte para resistir la presión de la posverdad gringa cuando el Tratado de Neutralidad sea puesto a prueba?
El tamal chico, pero no menos hirviente, es el de Río Indio. El búnker normativo de la ACP, invicto ante Trump y sordo ante la Asamblea, es vulnerable ante su propia cuenca. Como subadministradora, Illya manejó con éxito la ingeniería del proyecto, pero ahora la ingeniera con 40 años de campo se queda sola en la cima.
Para garantizar el embalse de río Indio, deberá gestionar el drama humano de miles de campesinos que deben ser desplazados, así como afrontar el movimiento social en contra. Vásquez compitió para seguir al frente, no obstante la JD de la ACP optó por su suplente de a bordo, la mujer del casco rosa. Apaga la luz, cierra la puerta desde afuera y deja a la señora Espino midiendo su resorte técnico ante la política, el imperio y la tierra.
El autor es periodista y filólogo.
