Hace casi un año, la Federación Rusa desencadenó una injusta y cruel guerra de agresión en contra del pueblo ucraniano. Con ello, se violó ese compromiso colectivo de los Estados, que había quedado plasmado en la Carta de las Naciones Unidas, al decir que “nosotros los pueblos de las Naciones Unidas resueltos a preservar a las generaciones venideras del flagelo de la guerra”, nos comprometamos a resolver cualquier tipo de controversia por los medios pacíficos y de no recurrir al uso de la fuerza armada en contra de la integridad territorial y la independencia política de otro Estado. Esas acciones expansionistas, imperialistas y neocolonialistas de Rusia, infligieron muerte y dolor en el pueblo ucraniano y convulsionaron al mundo entero, estremeciendo los cimientos del orden liberal internacional establecido en 1945.
Un año después, el balance sigue siendo uno doloroso, como el de cualquier guerra, pero hay motivos para esperanzarse. El valiente y noble pueblo ucraniano, con su resiliencia y gallardía, le hizo frente y resistió la agresión. En contra de la mayoría de los pronósticos y pese a las intenciones genocidas de Rusia, el Estado, la nación y el pueblo ucraniano siguen en pie. El bloque occidental, la Unión Europea y la OTAN continúan cohesionados y con una postura unificada respecto a cómo hacer frente a la agresión. El apoyo militar, en lo que a armamento e inteligencia se refiere, ha sido y continuará siendo fundamental para Ucrania.
En el aspecto militar, se estiman entre 150,000 y 200,000 bajas en las fuerzas rusas, y cerca de 100,000 entre muertos y heridos, tanto civiles como combatientes, en el lado ucraniano. Las contraofensivas ucranianas han liberado importantes espacios de territorio ocupado, incluyendo Kharkiv y Kherson. Además, el estilo de atrición o de desgaste que caracteriza al ejército ruso depende, en gran parte, de la capacidad de reconstituir las fuerzas movilizadas tanto en cantidad como en nivel de preparación y equipamiento. Ante el número significativo de bajas rusas, sumado a otras carencias logísticas y de recursos bien conocidas, expertos del Institute for the Study of War cuestionan la capacidad de Rusia de mantener operaciones ofensivas sostenidas a largo plazo.
Lo que se inició, según Rusia, como una operación militar especial se transformó en un conflicto armado internacional que ha puesto a prueba al orden internacional basado en reglas. Afortunadamente, el sistema ha respondido. A pesar de que el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas no actuó debido al veto ruso, una mayoría abrumadora de Estados en la Asamblea General han condenado la agresión rusa y las subsecuentes anexiones territoriales. Además, ante la Corte Internacional de Justicia se está resolviendo un litigio en cuanto a la justificación rusa para la agresión, sobre la base de una interpretación bastante peligrosa de la Convención contra el genocidio (1948). Igualmente, la Corte Penal Internacional, que tiene jurisdicción en Ucrania desde 2014 para investigar posibles crímenes de guerra, de lesa humanidad y de genocidio, ha decidido investigar la conducta de las partes beligerantes a partir del 24 de febrero de 2022, ante claros indicios de crímenes de guerra y de lesa humanidad, particularmente perpetrados por los rusos.
En el plano político, Rusia ha sido excluida de una pluralidad de mecanismos internacionales e incluso de eventos deportivos. La premisa es clara, si un Estado niega en adherirse a los estándares básicos de conducta de las relaciones interestatales, debe haber consecuencias. Por supuesto, que entre esos estándares debemos incluir el no invadir y anexar el territorio de otro Estado atacando, a su paso, a la población civil. En ese sentido, la consecuencia lógica ha sido que ese Estado, el agresor, cese de participar de los beneficios competitivos de vivir en sociedad, es decir, cese en ser parte activa de la comunidad internacional.
A un año del inicio de la guerra de agresión, Ucrania le ha confirmado al mundo libre uno de los temores más grandes de todo autócrata, cleptócrata e imperialista, la existencia de una alternativa al sistema que ellos han impuesto por medio de la opresión. La alternativa de una Ucrania libre, democrática y respetuosa del derecho internacional, trabajando en pro del reconocimiento de los derechos humanos y a favor de la transparencia, fue lo que llevó a Putin a la agresión. Pero Ucrania también ha sido el escenario para demostrarnos lo contrastante entre el modelo de Putin y el de otros autócratas del siglo XXI y la alternativa a la que ellos tanto temen. Quienes luchan por la libertad lo hacen más motivados que quienes se ven obligados a hacerlo en nombre del opresor. Que la corrupción endémica también afecta las capacidades y la conducta en el plano militar. En resumen, que las autocracias le temen a las democracias, que las atrocidades se combaten con más derechos humanos, que la transparencia es el antídoto contra la corrupción y que la libertad triunfará sobre la opresión.
El autor es abogado y profesor de derecho internacional
