Si la Revolución Francesa hubiese sido panameña, Luis XVI estaría reelecto y María Antonieta presidiría la Comisión de Presupuesto. La Bastilla no habría sido tomada: la habrían convertido en un centro de convenciones para el próximo mitin, con tamborito, licor gratis y bolsas de arroz con logo partidista.
En vez de gritar “¡Libertad, igualdad, fraternidad!”, habríamos escuchado “¡contratos, botellas y nombramientos!”. Y en lugar de guillotinas, rifas de neveras y bonos solidarios.
Rousseau escribió que “el hombre nace libre, pero en todas partes está encadenado”. En Panamá nacemos con cédula, pero enseguida nos atan a subsidios, clientelismo y promesas de campaña. Allá el pueblo marchó con antorchas; aquí marchamos a las ferias electorales con la esperanza de un empleo temporal.
Mientras en París exigían pan, aquí nos conformamos con el “pancito” que cae de la mesa del poder, como si la migaja fuera banquete.
Si nuestra Asamblea fuese el París revolucionario, allí discutirían girondinos y jacobinos sobre el futuro de la república. En cambio, tenemos diputados que confunden democracia con planilla, convierten el presupuesto en botín y hablan de patria solo para la foto.
Montesquieu decía que “el poder corrompe cuando no hay contrapeso”. En Panamá, los contrapesos son piñatas que el mismo poder reparte a conveniencia.
Imaginemos una guillotina panameña. No como instrumento de sangre, sino como metáfora de justicia. En 1789 fue el gran igualador: rey o noble, todos podían acabar en la canasta. Aquí, en cambio, la justicia se encarga de mellar el filo. El único que pierde la cabeza es el ciudadano común, cansado de sobrevivir en un sistema que le drena el bolsillo y la paciencia.
Eduardo Galeano escribió que “la justicia es como las serpientes: solo muerde a los descalzos”. En Panamá, esa máxima es regla de oro. La corrupción se blinda con abogados, influencias y amistades. Lo único que se condena es la ingenuidad de creer que esta vez será distinto.
Si la Revolución Francesa hubiera sido tropical, la nobleza no habría huido. Habría creado un patronato, un comité de crisis, un plan de subsidios. Y el pueblo, encantado, los habría reelegido. Aquí no decapitamos reyes: los premiamos con más poder.
Pero ninguna monarquía dura para siempre. En París ardió la chispa; aquí también podría encenderse el día que dejemos de ser espectadores del circo y nos atrevamos a apagar la carpa.
El problema es que Panamá seguirá hueco mientras nosotros lo seamos: riéndonos del chiste, pero repitiendo el error en la urna; quejándonos del circo, pero comprando entradas cada cinco años.
Como escribió Camus, “el verdadero desafío es no ser cómplice”. Y ese desafío nos toca a todos.
Seguimos con el mismo menú servido en platos distintos. Cambian los colores, cambian los nombres, pero la receta es la misma: clientelismo, corrupción y discursos huecos.
Quizás el “crisol de razas” no sea más que un bufé político donde siempre nos sirven sobras. Y mientras sigamos tragando el mismo menú, creyendo que el sabor cambiará, la historia seguirá repitiéndose.
La revolución no empieza con sangre ni con antorchas. Empieza el día que nos levantamos de la mesa.
Un pueblo que aplaude al payaso no puede quejarse de vivir en un circo.
La autora es profesora de filosofía.
