Como ya se sabe, en política, sobre todo en elecciones, la primera víctima es la verdad. Nada es lo que parece y las cosas no han sucedido como las vivimos. Esa pérdida de la verdad se sustenta en la poca memoria ciudadana, sobre todo la poca memoria a corto plazo. Si los gobiernos han conseguido depauperar la educación hasta llevarla a niveles de olvido de nuestra historia, con esa misma acción han conseguido instalar la falta de memoria de los asuntos recientes: ya nadie se acuerda ni de la invasión ni de la debacle gubernamental del actual gobierno desde el principio.
Por eso es tan importante la batalla por el relato. Hay que pelear la memoria, vencer los olvidos. Los que están decididos a reelegirse trabajan muy bien el relato, pintan una memoria que se instala fácilmente en la desidia del ciudadano deseoso de que le rasquen el oído con promesas de siempre. Es imposible luchar contra la ficción, no se olviden: una vez que alguien se cree una historia, es muy difícil sacarlo del equívoco. Porque a todos nos gusta nuestro relato, la mentira que nos consuela de nuestra evidente responsabilidad.
Un país no solo debe recordar, sino también contar sus historias, de allí la importancia de la educación, que es el único vehículo por el cual podemos dotarnos de herramientas de memoria (lectura) y de métodos de fijación de esta (escritura). Dinamitar la educación como se está haciendo es ceder terreno en la batalla por el relato, que siguen ganando los entusiastas de la ignorancia.
“Que no nos echen cuento” es un buen eslogan, pero, “Te voy a echar el cuento como es”, es también una campaña que debemos promover entre todos, buscando allí donde podamos los medios para instruir la memoria y desactivar el olvido. El que deja de recordar se expone a que lo recuerden como nunca fue, y esa es la antesala de la esclavitud.
El autor es escritor
