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La Bella y la Bestia

Había mucha expectativa por el debate entre Donald Trump y Kamala Harris. Después de la salida de Joe Biden de la candidatura demócrata, la campaña de la vicepresidenta se fue dando a tumbos, pues no había pasado por primarias ni presentado planes a los electores siguiendo la rutina tradicional.

Kamala Harris recibe el respaldo de Biden veintisiete minutos después de renunciar a la candidatura y comienza una campaña que generó mucho entusiasmo, recolectó mucho dinero y reclutó muchos voluntarios, dando entusiasmo al partido demócrata. A eso se sumó una convención de postulación llena de alegría, música y discursos motivadores que culminó con la oficialización de la candidatura de Kamala Harris y el gobernador de Minnesota Tim Waltz para las elecciones de noviembre.

Desde entonces, la principal duda sobre la vicepresidenta fue cómo funcionaría sin la ayuda de un teleprompter. De allí, que el debate era muy importante para que los votantes pudieran poner en contexto las diferencias entre ambos. Estos eventos, dependen de mucho más que las propuestas. La presentación, el lenguaje corporal, lo articulado de las respuestas y la interacción entre ellos, tiene mucho que ver en quien gana o pierde.

Si bien el debate de junio con el presidente Biden, sirvió para confirmar las dudas sobre las capacidades de éste para reelegirse, y propició su renuncia a la candidatura, lo del pasado martes fue una debacle para Donald Trump. Y no lo digo yo, lo dijeron hasta los comentaristas de Fox News. Además de verlo en vivo, volví a “repasarlo” con calma y hay muchas cosas que vale la pena destacar en lo que pasó.

Kamala Harris comenzó a ganar el debate a los diez segundos que los presentaron. Cruzó el escenario directamente hasta llegar detrás del podio de Trump a darle la mano y presentarse “Kamala Harris” (nunca habían sido presentados). Para nadie pasó desapercibido lo incómodo que fue para él ese momento, cuando la norma en sus debates anteriores era no saludar a sus oponentes, mostrando desde el principio su actitud de matón de escuela. Y allí comenzó la pesadilla.

El resumen de esa hora y media, pudiera definirse como una conversación entre una adulta educada y un anciano cascarrabias. Durante todo el debate, Trump no miró directamente a la vicepresidenta ni una sola vez, se limitó a señalarla con el índice cuando hablaba de lo mala que era, mientras ella sí lo miraba directamente, cada vez que se dirigió a él, haciendo alarde de sus habilidades como fiscal.

En la primera pregunta sobre economía, Trump se defendió como siempre, enfocándose más en lo mal que lo han hecho los demás, que en lo que él piensa hacer. El segundo tema sobre aborto, fue su primer gran patinazo, pues basó su respuesta en la mentira que “la gran mayoría de la población quiere que las regulaciones del aborto sean manejadas a nivel estatal y que los demócratas proponen que el aborto se de después del nacimiento del bebé”. La realidad es que más del 70% de los estadounidenses se oponen a que se eliminara la norma Roe v. Wade en que se basaba la protección del derecho al aborto. Además, ningún estado autoriza semejante aberración después de nacer un niño. Harris le dio una repasada hablando de los ejemplos puntuales de mujeres que sufren las consecuencias de la prohibición del aborto propiciada por la Corte Suprema “orgullosamente” nombrada por Trump.

Conforme pasaba el tiempo, la cosa empeoraba más y más para el candidato presidencial más viejo en la historia de los Estados Unidos. Mostraba una cara desencajada, el ceño fruncido, y una rabia no muy recomendable para alguien que quiere lograr el apoyo de la gente. Pero, a mi modo de ver, el momento clave del debate fue entre el minuto 26 y 27, cuando Kamala Harris propuso a la audiencia de la televisión, que vieran uno de los eventos de campaña del energúmeno que tenía a su derecha porque, aparte de hablar de cosas como Hannibal Lecter, o del cáncer que producen los molinos de viento (ya entiendo a Don Quijote), verán cómo los asistentes se van antes que termine, por aburrimiento. Si ven en detalle, en ese instante, Trump abrió los ojos como dos platos… Sospecho eso ocurrió en el momento en que se le saltó el fusible en la corteza pre-frontal. A partir de ese momento, la densidad de mentiras y locuras que comenzó a disparar por la boca, como un rifle AR-15, fueron dignas de una clase de psiquiatría, enfocadas en su patológica personalidad narcisista.

Entre sus mayores arrebatos, insistió en el cuento que los migrantes en Ohio se comen los gatos y los perros de los vecinos. Y sin importar qué le preguntaras, sus respuestas se encasillaban en decir que él es lo mejor que ha pasado en la historia del país y que Biden y Harris son lo peor que existe. En el medio de su verborrea de odio, terminó diciendo que Harris odia a los judíos, odia a los árabes, odia a los norteamericanos y que Biden odia a Harris.

Mientras tanto, la vicepresidenta se mantuvo en su libreto, presentando sus planes, y terminando cada una de sus intervenciones lanzando a Trump un anzuelo con una carnada, sobre la cual él se abalanzaba sin reparo alguno, cayendo en la trampa de mostrar su lado más desagradable como persona prepotente, maleducada y tremendamente ignorante una y otra vez.

Pero lo que también fue imposible esconder para Trump en medio de su descarrilamiento, fue su extrema misoginia y desprecio por las mujeres. Durante todo el debate no miró ni una vez a Harris, y nunca se dirigió a la moderadora Linsey Davis, otra mujer de raza negra, mientras que si le hablaba a “David”, el otro moderador.

El resultado del debate no está en discusión. Harris trapeó el estado de Pennsylvania con la melena de Trump, teniéndolo agarrado por las patas. El único que dice que ganó el debate es él. Casi todos los demás americanos (excepto sus feligreses) tienen claro que lo perdió. Pero aún así, este tipo despreciable, condenado por violación y acusado de más de noventa delitos, tiene un montón de millones de personas que lo apoyan. Sin duda, aunque la bella ganara el debate, la bestia tiene su gente…

El autor es cardiólogo


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