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La berma o el hombro: ese carril VIP que sólo existe en Panamá

La berma o el hombro: ese carril VIP que sólo existe en Panamá
El carril VIP. Imagen conceptual pedida a OpenAi.

Hay inventos panameños que deberían ser patrimonio cultural: el raspao con sirope doble, el juega vivo… y el “carril secreto” que aparece mágicamente cuando hay tranque. Sí, hablo de la berma. Ese espacio humilde, diseñado para emergencias, que aquí se transforma —por obra y gracia de la impaciencia— en autopista ejecutiva para el apurado profesional.

En el manual de tránsito, la berma es el hombro de la vía. En la vida real panameña, es el carril del “permiso especial que yo mismo me otorgo”. Porque si hay algo más rápido que la luz, es la convicción del conductor que decide que las reglas son para los demás.

Usted está ahí, en fila india, avanzando a paso de tortuga con gastritis, cuando de pronto aparece el iluminado. Se mete por la berma levantando polvo, piedras y la dignidad ajena. Va con esa cara de misión humanitaria, como si transportara un órgano para trasplante. Pero no. Lleva prisa porque el café se enfría.

Ahora hagamos matemáticas —porque el juega vivo también se puede medir en segundos—. Cada carro que nos rebasa por la berma y luego se mete a la fuerza en el carril principal nos roba, por lo menos, 10 segundos de avance real. Diez segundos que no son abstractos: son diez segundos menos para llegar a casa, para sentarme a cenar con mi familia, para escuchar cómo les fue a mis hijos en el colegio o simplemente para quitarme los zapatos y suspirar.

Si el cálculo es conservador y cada seis vehículos nos arrebatan un minuto completo, basta una docena de “avispados” para quitarnos dos minutos de vida familiar. Multiplique eso por un tranque diario y ya no estamos hablando de segundos: estamos hablando de cumpleaños empezados sin uno, cuentos que no alcanzamos a escuchar y cenas que se enfrían. Haga la cuenta: treinta carros por la berma y ya alguien perdió media hora de existencia contemplativa obligatoria dentro del automóvil.

El conductor de berma no se considera infractor. No. Él se ve como estratega vial. Como pionero. Como Cristóbal Colón descubriendo el “Nuevo Carril”. Si hubiera medallas olímpicas para la gimnasia mental, tendríamos podio completo.

En otros países, la berma es sagrada. Se usa para emergencias reales: una llanta pinchada, un motor que dijo “hasta aquí”, una ambulancia que necesita pasar. Aquí, en cambio, la emergencia es existencial: “no puedo quedarme en este tranque porque yo soy importante”. Y así, la berma se convierte en desfile de 4x4, sedanes y hasta buses que decidieron que la paciencia es un invento extranjero.

Lo más curioso es el momento del reingreso. Porque todo héroe de berma necesita volver al carril principal. Y ahí, con el descaro de quien llega tarde a una fiesta y exige silla, pone la direccional —si es que la pone— y espera que usted le abra espacio. Y si no lo hace, el malo es usted. Faltaba más.

Este fenómeno tiene algo de comedia nacional. Nos quejamos del desorden, del juega vivo, de la falta de cultura ciudadana… mientras practicamos el deporte extremo de manejar por donde no se debe. Tal vez el día que entendamos que respetar la fila también es respetarnos entre nosotros, la berma volverá a ser lo que siempre debió ser: un espacio para ayudar, no para colarse.

Lo más fascinante es la lógica colectiva. El primero que invade la berma parece culpable; el quinto ya parece normal; el décimo convierte la ilegalidad en tradición. Y así nace un carril paralelo construido no por ingenieros, sino por la impaciencia nacional.

La multa existe, sí: es una cifra que muchos conductores consideran más una suscripción ocasional que un castigo real. Porque cuando la sanción cuesta menos que la prisa, la norma se vuelve sugerencia. En otros países es diez veces más costosa e incluye incluso la retención del vehículo.

La berma no es un carril alternativo. No es un atajo VIP. No es el carril “solo para mí”. Es un espacio de seguridad. Cada vez que alguien lo usa indebidamente, no solo irrespeta la norma: también le roba tiempo a todos los demás. Tiempo que no vuelve. Tiempo que no se recompra.

Quizás el día que entendamos que el tiempo de todos vale lo mismo, la berma volverá a ser lo que siempre debió ser: un hombro, no una autopista paralela. Y así, entre polvo, bocinazos y cronómetros invisibles, Panamá confirma que aquí no solo hay vías con hombro. También hay conductores con mucho… pero mucho descaro.

El autor es ingeniero retirado.


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