Al votar en estas elecciones de 2024, y habiendo vivido los desastres de los últimos gobiernos, especialmente de este que aún nos martiriza y nos hace sufrir, cabe preguntarse cómo empezamos a resolver este entuerto.
Por supuesto que hay que empezar con la educación, la cual no obstante no dará frutos hasta pasadas una o dos generaciones.
Sin embargo, veo un tema que hay que recalcar a la población, especialmente a la población joven, que comprende a la mayoría de los votantes.
Esta es una gran oportunidad de inculcarles a esos jóvenes los principios generales de lo que nos debe guiar en el proceso de escoger a nuestros candidatos, y votar por ellos democráticamente.
Para mí, el elemento a eliminar de toda consideración, y el más perjudicial, es el ya famoso “¿qué hay pa’mí?”. Hemos visto hasta la saciedad a los políticos corruptos, hasta por los micrófonos de la Asamblea, efectuar esta pregunta antes de apoyar una moción que tal vez no tenga nada que ver directamente con ellos, y probablemente responda a otro “¿qué hay pa’mí?” del diputado que propone el proyecto, o de quien financia a dicho diputado.
Con ese malísimo ejemplo no es de extrañarse que los funcionarios, hasta los de más bajo rango, así como los miembros de partidos políticos piensen y actúen de la misma malévola manera o, en el mejor de los casos, no se preocupen por hacer bien su trabajo.
Es como el/la jefe de familia que toma licor en exceso y después les dice a sus hijos que no tomen licor. Ha quedado claro en todos los escenarios de la vida que más se aprende por el ejemplo que por la enseñanza.
Así, todo aquel funcionario, desde el presidente de la República hasta los más humildes, pasando especialmente por los maestros, los médicos y los jueces, está en la obligación moral de dar el mejor ejemplo.
A todos aquellos que dicen ser “religiosos” les recuerdo que hace mucho tiempo la clase de religión en la escuela se llamaba “religión y moral”, y ahora entiendo que se llama (mejor aún) “religión, moral y valores”. Esto términos deben ser indivisibles, pero hoy parecen independientes, donde el segundo y especialmente el tercero son ignorados y olvidados.
En fin, es legítimo que se vote por un candidato que se comprometa (y le creamos) a tomar acciones que terminarán beneficiándonos, aunque no directamente, ni solamente a nosotros y nuestra familia, sino a través de la promoción del bien común.
El bien común es la clave para elegir a los candidatos, y también es la forma de comportarnos en familia, en la escuela, en el trabajo y en la comunidad.
Hay mil ejemplos que podría dar, pero uno elemental y sencillo es que si botamos la basura a la calle viviremos todos, incluyéndonos a nosotros y a nuestra familia, en un lugar sucio e insalubre. También debemos exigir enérgicamente a las autoridades que recojan la basura diligentemente luego de que la echemos en los tinacos adecuados. El ciudadano no puede comportarse bien, para que los funcionarios del gobierno no lo hagan.
A los jóvenes, recuerden que tienen el futuro en sus manos y que de ustedes depende en gran medida el bien común de la patria.
A votar “bien” en las próximas elecciones.
El autor es ingeniero, informático, emprendedor y escritor.
