Hay cosas que no se explican, salvo que uno las vea con resignación criolla y algo de sarcasmo tropical. En Panamá, el país que administra uno de los sistemas de ingeniería hidráulica más admirados del planeta, basta con que un árbol —no cualquier árbol, claro: uno de mango— caiga sobre la línea eléctrica que alimenta la planta potabilizadora de Chilibre, para que medio país se quede sin agua. Así de frágil. Así de absurdo.
Hace apenas unos días, miles —si no millones— de personas en la capital y sus alrededores volvieron a experimentar lo que ya parece una tradición nacional: abrir el grifo y encontrar solo aire. Esta vez, como en tantas otras, el motivo fue una falla en el suministro eléctrico que afectó a la planta que abastece a la ciudad de Panamá y gran parte del área metropolitana. Una sola planta. Un solo punto de falla. Y un efecto dominó que llega desde San Miguelito hasta Tocumen, pasando por hospitales, escuelas, centros comerciales y, por supuesto, hogares donde ya se guarda el agua en baldes como si fuera oro líquido.
La ironía no se puede ignorar: un país con una de las mayores precipitaciones anuales del continente, dueño de un canal que mueve océanos y miles de millones de dólares, no tiene un sistema hídrico urbano mínimamente resiliente. El 60% de la población del país vive en la ciudad de Panamá y su periferia, y todos dependemos de una única planta potabilizadora. Si eso no es centralismo hídrico, ¿qué lo es?
Pero esto no es solo un problema técnico. Es una radiografía de cómo se toman —o no se toman— decisiones estructurales en este país. ¿Dónde están los planes de contingencia? ¿Dónde está la inversión en plantas alternas, redes distribuidas, interconexiones que permitan mantener al menos un servicio mínimo en caso de emergencia? ¿Cómo es posible que después de décadas de crecimiento urbano, de aumento en la demanda y de lluvias que caen a cántaros durante más de seis meses al año, sigamos improvisando soluciones con carros cisterna y comunicados de “pedimos comprensión”?
Claro, uno podría pensar que lo del palito de mango es una exageración. Pero no lo es tanto. Porque el problema de fondo no es solo que algo falle —eso es normal— sino que no tengamos cómo responder. Un país moderno no puede depender de una sola planta potabilizadora para abastecer a millones. No puede seguir viendo el agua como algo garantizado por la lluvia, mientras ignora la infraestructura que la hace llegar a nuestras casas.
¿Y qué pasa cuando no hay agua? Se paralizan hospitales, se suspenden clases, se entorpece la producción. La economía se resiente. La salud pública se compromete. Y lo peor: la gente pierde la confianza en la capacidad del Estado de resolver lo básico.
Mientras tanto, nos entretenemos con las novelas políticas del día, con las peleas entre instituciones, con los fuegos artificiales del momento. Pero el agua no espera. Y la próxima vez que un árbol caiga, o un rayo toque una línea, o una bomba falle, volveremos a lo mismo: excusas, comunicados, botellas de agua y el ya habitual suspiro panameño: “Esto aquí no tiene arreglo”.
Pues claro que tiene. Lo que no se tiene es voluntad.
El autor es especialista en gestión industrial.


