En términos generales, la vida nos ocupa con tres tipos de asuntos: los intrascendentes, los importantes y los urgentes. Si bien con los intrascendentes optamos por el “ni fu ni fa”, nos centraremos en aquellos importantes que requieren ser atendidos sin mayor dilación y los urgentes que ameritan acometidas ipso facto.
En la gestión de servicios de salud, este discurrimiento se aplica diariamente y debemos enfrentarlo con prudencia y sensatez, ya que la vida y la muerte están siempre en juego. Esto lo saben, presumo, los que administran la atención sanitaria, cualquiera sea su nivel de responsabilidad.
En esa misma línea, la atención de pacientes se estructura en varias esferas de complejidad, es decir, según la gravedad de la condición por la que consultan. Ello permite administrar mejor el abastecimiento de equipos, insumos y medicamentos, así como la organización del equipo humano requerido.
Generalmente, existen tres niveles de atención. El primer nivel es donde se realiza el diagnóstico y manejo tempranos de las enfermedades comunes, además de labores de promoción y prevención de la salud. Es el primer punto de contacto del usuario con el sistema de salud y en el que se resuelve hasta el 85% de los problemas. El segundo nivel ofrece atención especializada a problemas que no se pueden resolver en el nivel primario, manejándose situaciones médico-quirúrgicas un poco más complejas, y constituye alrededor del 10% de la demanda de atención. Por último, tenemos el tercer nivel de atención, que incluye hospitales especializados o institutos dedicados a alguna patología o segmento poblacional en particular (a estos últimos a veces se les considera como un cuarto nivel). En este nivel se realizan manejos avanzados y procedimientos altamente complejos o bien el cuidado de enfermedades raras o crónicas, representando aproximadamente el 5% de la demanda de atención.
Nuestro país cuenta con toda esta segmentación y, a pesar de algunos inconvenientes y tropezones, vamos empujando la carreta procurando sinergizar esfuerzos de manera práctica y en pos de la mejor capacidad resolutiva. Lamentablemente y para tristeza de todos, nos encontramos con situaciones como la que están viviendo muchas de las unidades ejecutoras de 1° y 2° nivel de nuestra Seguridad Social, quienes han estado padeciendo por abastecimientos insuficientes, “trabajando con las uñas” y encarando a los usuarios que reclaman con justa razón una atención de calidad, además de luchar contra la opinión pública, a la que no hay que darle mucha cuerda para que los avasalle.
Todo es asunto de trabajar lo urgente y manejar paulatinamente lo importante, nunca al revés. Miremos la Ciudad de la Salud, un complejo de 4° nivel, magnífico y necesario para el país a mediano y largo plazo, al que se inyectó un gran presupuesto, restando personal y abastecimientos, así como maniobrabilidad financiera a unidades ejecutoras de 1° y 2° nivel ¡que son los que atienden al 95% de la población!
Aplaudo el avance tecnológico y me encanta la idea de un centro de alta complejidad para el tratamiento de enfermedades cardíacas o el cáncer, pero poner “toda la carne en el asador” ocasiona que no haya mayor oportunidad para “cocinar” otras cosas. Un centro de atención hermoso y moderno, con equipos y tecnología de punta, es muy importante e indiscutiblemente necesario para la población, pero no debe ser promovido en detrimento del mayor segmento poblacional que requiere asistencia básica de los servicios de salud con urgencia. Amigos, se ha puesto la carreta delante de los bueyes. Nada menos, nada más.
El autor es médico.
