No se puede más que estar de enhorabuena por algo tan importante como una Ciudad de las Artes, un “megacentro” cultural y educativo, que nace con vocación de ser “epicentro cultural de la región”, que ha costado 62.5 millones de dólares (que sepamos), y se inaugura casi diez años después de la famosa primera piedra. Toda una alegría que hay que recibir con optimismo crítico.
No olvidemos que al arte se viene solo, y por mucho edificio que tengamos (que es necesario), el talento necesita más que espacio, necesita herramientas, pasajes, buenos viáticos, oportunidades culturales de altura y menos compañeritos pío-pío encaramados en todas las tarimas y saliendo en todas las fotos. Pero qué bueno que se culmine un proyecto, aunque sea tarde.
La política cultural panameña debe dejar de llegar tarde a los artistas: cuando están recogiendo premios o participando de ferias o encuentros internacionales es cuando las instituciones se arriman para «hacer patria», olvidándose del cuidado del terreno creativo, que se riega con eventos culturales que nos internacionalicen, no como “mall” y destino pintoresco, sino como verdadero centro intelectual y estético.
Nuestra asignatura pendiente es la difusión de todas las artes, porque siempre hay para todo menos para que la cultura viaje. Mucha «región», mucho compararnos con los vecinos, pero no salimos de las fronteras mentales que impiden alcanzar a los de arriba. Un edificio radiante, tanto como nuestra necesidad de difusión.
“Este es un gran logro de país donde se le ha hecho justicia al artista”, dijo a EFE la ministra de Cultura, en el acto de inauguración. No es cierto: justicia es que el artista pueda cobrar por lo que hace y pueda exponerse a la altura de otros países que están a la vanguardia de la exportación cultural. Si no es esto lo que se le ofrece al artista, no habrá justicia: será solo un edificio práctico, necesario, que albergará sueños que no alcanzaremos nunca.
¡Bienvenida, Ciudad de las Artes!
El autor es escritor
