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La ciudad y el monopolio

Como cualquiera que haya visto el juego Monopolio sabe, la condición para ganar es tener propiedades. Solo entonces se puede construir y construir y construir, hasta que, con un poco de suerte, se quede uno con todo y arruine a los demás. Esa lógica, que sintetiza admirablemente bien el modelo económico vigente -desde hace aproximadamente 250 años-, requiere, en la vida real, un sistema de balanzas para que nadie se desboque y deje al mundo en ruinas. En todas partes, ese sistema está representado por el Estado, que sería como el Banco del Monopolio, y está descrito en la Constitución, que sería como las reglas del juego. En el Monopolio, los jugadores se encuentran en igualdad de condiciones al inicio, con una suma de dinero equivalente, una ficha y un turno de dados. El azar y la astucia de cada uno hacen lo demás. En el mundo real, sin embargo, los participantes intervienen en un juego que empezó hace mucho, donde el dinero no se reparte equitativamente y donde prácticamente todas las propiedades ya tienen dueño. En esas circunstancias, ni el azar ni la astucia juegan mucho y el resultado se puede predecir.

En Panamá, tenemos un Estado de derecho que se rige por principios de legalidad que hemos acordado acatar. Uno de ellos es el respeto a la propiedad privada; la Constitución no dice de qué, pero es primordialmente de la tierra. Y como la tierra ya tiene dueño, eso se respeta. Se puede preguntar entonces, ¿cómo llegó la tierra a tener dueño si no es hechura de nadie? Hay varias posibilidades: fue prometida a alguien, un fiel o un súbdito, por alguien, un dios o un rey; fue ocupada con violencia; fue otorgada por un Estado; fue invadida, etc. En nuestro caso, como en todas partes, creo, hay una mezcla de violencia, rey, invasión y Estado. Sobre eso, tenemos una valiosa referencia, la única, en el trabajo que hizo Omar Jaén sobre la región de los Llanos del Chirú (un triángulo cuyos vértices aproximados son las poblaciones de El Valle de Antón, San Carlos y Antón y cuya base es el mar). ¿Por qué no se ha investigado más al respecto? Buena pregunta, a la que arriesgo una respuesta: porque es doblemente incómodo averiguar y dar a conocer. La información está oculta, a veces deliberadamente, es costoso obtenerla y no hay recursos, y reconocer quiénes son los dueños del “Monopolio” le quita la apariencia de juego limpio a esta sociedad desigual, donde todavía se asume que la tierra no debe pagar impuestos y que la filantropía de las teletones y las rifas y beneficencias se celebran como conjuros rituales.

Contra el patrimonialismo de este sistema perverso en el que vivimos, tenemos que cambiar las reglas del juego. Por eso, necesitamos una nueva Constitución. Mientras tanto, podemos utilizar el único mecanismo legal disponible, que es la contribución de mejoras, Ley de 1953, actualizada en 1973 y 2006.

Con ella, todas las obras públicas se sufragan total o parcialmente con cargo a la valorización que operan sobre la tierra que tocan. Por ejemplo, famosamente, la Tumba Muerto se construyó de esta manera, hace más de medio siglo. Una gran vía urbana que se trazó en la ciudad de Panamá y sus efectos positivos son evidentes, por las conexiones viales, nueva urbanización y valorización de tierras.

Actualmente, el corredor Gonzalillo-Pedregal (llamado con ironía “corredor de los pobres”), es la primera gran vía urbana que se hace en la capital 50 años después de la Tumba Muerto, lo que, por sí solo, es un escándalo. Sin embargo, no usa el importante recurso de la contribución de mejoras, en un área con propiedades que pueden aportar al pago de una obra que las favorece, a la que incluso podrían contribuir, aun simbólicamente, barrios populares como Villa María y Gonzalillo, para ganar derechos de participación en una ciudad que, en apariencia, los favorece al no cobrar impuesto a la tierra, pero que en realidad los excluye de cualquier intervención política por eso mismo.

La ciudad que nos está dejando el monopolio de la tierra no funciona ni para los que están ganado el juego. Necesitamos que sea la planificación y no los propietarios de la tierra quien diseñe la ciudad. Más de un siglo de diseño particular ha improvisado un ambiente urbano muy desagradable, un mosaico de barriadas monótonas, inconexas y desparramadas que solo se salva porque no se ha podido acabar del todo con la naturaleza y que todavía funciona porque el Metro y el Metro Bus están integrando ese desorden (¿se acuerdan de los “diablos rojos”? Se imaginan cómo sería hoy ese infierno?). Si el Gobierno quiere hacer algo por la patria, que use la contribución de mejoras para financiar todas las obras públicas que se le ocurran, mientras cambiamos la Constitución. El monopolio de la tierra es un gran bolsillo lleno de los recursos que han hecho de Panamá un país tan desigual. Ese juego no es justo y por eso no termina bien. Y si el Gobierno quiere animar algo, que le de exenciones tributarias a la investigación histórica para que nos cuente qué ha pasado aquí y así tengamos una mejor base para terminar con ese juego perdido de antemano y hacer un país del tamaño de las aspiraciones de todos y no solo de los propietarios.

El autor es urbanista.


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