Después de 35 años de la instauración de gobiernos elegidos por el voto popular, hemos sido testigos de los cambios hiperacelerados en el mundo a través de la globalización, que impone nuevas reglas jurídicas en el ajedrez mundial, las cuales no solo tienen incidencia en las actividades propias de la economía de empresas, sino que además impactan en el comportamiento de la ciudadanía.
Panamá es un país con una estratégica posición geográfica para el desarrollo de la economía mundial, por lo que todos los esfuerzos para alcanzar los mayores estándares de crecimiento y desarrollo deben ir concatenados a la adecuación de todo el marco constitucional. Así, en concordancia con la apertura de nuestra economía, se debe asegurar que toda la riqueza fruto del posicionamiento estratégico permeé a todos los panameños, desde Punta Burica hasta Cobo Tiburón. La adaptación y adecuación de todo el esquema legal en el que el país se ha comprometido ante la comunidad internacional, fuerzan a que estos deban pasar por el tamiz de un nuevo contrato social en donde todos los panameños nos hemos puesto de acuerdo por la vía de una “neoconstitución”.
Después de 52 años, Panamá sigue apegada a un marco constitucional que establece una dicotomía entre el pasado y el presente, toda vez que el actual escenario de la globalización no es el mismo que el de la década de 1970, donde tiene origen nuestra moribunda, arcaica y desactualizada ley suprema.
Una “neoconstitución” no puede seguir viéndose disruptivamente ni mucho menos como una amenaza que atente contra la paz social. Por el contrario, es el espacio más justo, equitativo, democrático y revolucionario para lograr la armonización del interés de todos los panameños y mejorar el progreso de todos.
Los beneficios del llamado a la instalación de una asamblea constituyente son muchos y ventajosos para la tranquilidad del país, ya que ese proceso deberá ser abierto y transparente, con la participación e involucramiento de toda la sociedad para contribuir activa y constructivamente, como espacio idóneo donde reside la voluntad suprema de la soberanía del pueblo. Es el más democrático, eficaz y justo medio de participación ciudadana y de aseguramiento para el blindaje y protección de los derechos humanos.
En conclusión, Panamá necesita una nueva constitución que nos represente y proteja a todos, que sea moderna, justa, equilibrada y actualizada, que fije las bases como pilar fundamental de la nación donde soportar nuestra identidad de patria y defensa de nuestra soberanía, que sea el motor jurídico con el que podamos superar todos los desafíos del nuevo orden mundial, con una visión futurista, y nos permita cantar con orgullo y felicidad al unísono las gloriosas y melodiosas notas de nuestro himno nacional: “Alcanzamos por fin la victoria, en campo feliz de la unión, con ardientes fulgores de gloria se ilumina la nueva nación.”
El autor es dirigente sindical.
