Exclusivo

La Corte Suprema y el autoritarismo

La Corte Suprema y el autoritarismo
Corprensa /Elysée Fernández /25-6-2020 // JUNIO // Covid-19, coronavirus, Panamá, Pandemia // Imágenes de la fachada de La Corte Suprema de Justicia en Ancón y el Primer Distrito Judicial en Balboa. Órgano Judicial, Magistrados, Casos Covid-19, funcionarios.

Las democracias rara vez mueren cuando la mayoría de las personas las odian. Mueren cuando suficientes ciudadanos comienzan a pensar que no les gustan ciertas decisiones del poder, pero que, al menos, las cosas funcionan. Ese es el punto más peligroso para cualquier sociedad libre. Es el momento en que la libertad deja de parecer indispensable porque el desorden, la inseguridad o la frustración se sienten más insoportables que la pérdida gradual de derechos.

La organización Freedom House lleva dos décadas documentando un deterioro continuo de la libertad en el mundo. Los datos más recientes del proyecto V-Dem muestran una realidad inquietante: hoy existen más autocracias que democracias y casi tres cuartas partes de la población mundial vive bajo alguna forma de gobierno autoritario. Sin embargo, muchas sociedades siguen convencidas de que a ellas nunca les ocurrirá.

El problema es que el autoritarismo no suele llegar mediante un golpe militar. Primero llega el cansancio. Después, la indignación. Luego aparece la exigencia de castigo contra quienes son señalados como responsables de todos los males. Finalmente surge la disposición a concentrar poder en una sola figura que promete, a paso firme, orden, eficiencia y soluciones rápidas.

El autoritarismo moderno entiende algo que muchas democracias olvidaron: las personas no votan únicamente por ideas. También votan emociones. Votan seguridad, pertenencia, protección y la esperanza de recuperar un control que sienten perdido. Por eso, los líderes con tendencias autoritarias no necesitan convencer con argumentos complejos. Les basta con construir una atmósfera de crisis permanente y ofrecerse como la única salida posible, aunque se pierda el grado de inversión con dichas medidas.

Para lograrlo necesitan una historia, como ser descendientes sagrados de la cruzada civilista. Necesitan un enemigo, como lo son los sindicatos y la China Popular. Necesitan una élite culpable, como lo son los miembros del antiguo gobierno que les precedieron. Necesitan un pueblo traicionado por la falsa promesa de prosperidad del Canal de Panamá. Y necesitan repetir una promesa sencilla: si me entregan más poder, ahora sí construiré el tren Panamá-David y le pondré Chen Chen en sus bolsillos.

Panamá no es inmune a esta dinámica. Durante los últimos meses hemos observado cómo el presidente José Raúl Mulino ha recurrido con frecuencia a una narrativa de confrontación contra sectores que considera obstáculos para sus objetivos. El tono empleado frente a organizaciones sociales, sindicatos, críticos y medios de comunicación ha estado marcado por la descalificación y la polarización. En lugar de fortalecer los espacios de deliberación, el mensaje recurrente parece ser que quienes cuestionan determinadas decisiones son parte del problema.

La historia demuestra que esa lógica puede ser peligrosa. Cuando el poder comienza a presentar los contrapesos democráticos como estorbos y no como garantías, la sociedad corre el riesgo de acostumbrarse a que la concentración de autoridad sea vista como una virtud.

Esa es, precisamente, la lección central de El cuento de la criada. En la novela de Margaret Atwood, el horror no aparece de un día para otro. Nadie despierta una mañana viviendo en Gilead. Primero cambian las palabras. Después cambian las reglas. Luego cambian los derechos. Más tarde cambian las instituciones. Cuando la mayoría comprende la magnitud de la transformación, el nuevo sistema ya aprendió a funcionar sin pedir permiso.

La advertencia de Atwood no trata solamente sobre una ficción distópica. Trata sobre la facilidad con la que las sociedades normalizan la obediencia cuando están cansadas, asustadas o decepcionadas. Trata sobre la tentación de sacrificar libertades a cambio de estabilidad.

El mayor error de las sociedades educadas no es ignorar las señales. Muchas veces las señales son visibles, estudiadas y denunciadas. El verdadero error consiste en creer que identificarlas es suficiente. La democracia no se preserva por inercia. Requiere instituciones fuertes, ciudadanos vigilantes y una cultura política que entienda que los contrapesos existen precisamente para limitar a quienes ejercen el poder.

Porque cuando la libertad deja de sentirse urgente, el autoritarismo encuentra el terreno perfecto para crecer. Y cuando una sociedad descubre que ha cedido demasiado, recuperar lo perdido suele ser mucho más difícil que defenderlo a tiempo. Esperemos que la Corte Suprema de Justicia demuestre imparcialidad y celeridad en los procesos de inconstitucionalidad que promueven los ciudadanos, y no solamente en aquellos que promueve el señor presidente.

El autor es médico sub especialista.


Última Hora

  • 23:40 Bernardo Meneses seguirá detenido: juez rechaza cambio de medida cautelar Leer más
  • 22:58 BAC Panamá: Se incorpora a investigación de operación Pandora Leer más
  • 22:45 Siete imputados por presunta red que tramitaba permisos fraudulentos de armas Leer más
  • 22:00 Detienen a un hombre por amenazas de muerte contra la presidenta de Costa Rica Leer más
  • 21:16 La tragedia de Ana María Saavedra, la joven trilliza que perdió a sus dos hermanas y a sus padres en el terremoto en Colombia Leer más
  • 21:11 Magali Martínez Méndez asume la secretaría de la Contraloría tras la salida de Ventura Vega Leer más
  • 20:39 Mijahir Jiménez firma con New York Red Bulls y da el salto a la MLS Leer más
  • 19:22 Exhibición de artes marciales coreanas conmemorará en Panamá el Día de la Liberación Leer más
  • 19:15 Comanche es imputado y quedó detenido provisionalmente como parte de la operación Jericó Leer más
  • 18:48 Renuncia tercera viceministra tras cambios en la cúpula del Meduca Leer más