Estamos en tiempos borrascosos. Esto quiere decir tiempos violentos, tiempos de violencia política, tiempos de persecución ideológica, donde alguien de izquierda es considerado terrorista. El viejo macartismo se mantiene vivo. Había cierto consenso con respecto al pluralismo ideológico. Cuando desde algún bando se era intolerante, se desvirtuaba este principio rector de la convivencia en la esfera pública. Hoy la intolerancia campea y este principio está en riesgo.
Aunado a esta realidad, estamos ante una crisis de las ideas que conviene a los sectores dominantes. No hay debate ideológico porque, para estos sectores, solo sus ideas son válidas. Por eso se trata de forma peyorativa a quien piensa distinto. La ideología dominante, enquistada en la esfera pública, no da espacio a nadie que piense de manera alternativa al mainstream y, si lo hace, es de forma marginal. Esta crisis también responde a la ausencia de figuras públicas capaces de sintetizar los intereses de las mayorías. Contamos con varios intelectuales muy sofisticados que piensan distinto al statu quo, pero con escasa incidencia en la realpolitik.
Una de las últimas figuras con esas características fue Diógenes de la Rosa. Gracias a la Academia Panameña de la Lengua contamos con dos tomos muy valiosos de su obra: el primero, prologado por Humberto E. Ricord, y el segundo, por Aristides Royo. De la Rosa fue político, intelectual y un gran lector. Su biblioteca albergaba miles de ejemplares. Participó en momentos estelares de la política panameña del siglo pasado, desde su curul como diputado, aportando a la Constitución de 1946, hasta su papel como asesor del general Omar Torrijos en la lucha por la descolonización.
En definitiva, el relativo olvido de figuras de esta envergadura forma parte de la crisis de las ideas. Necesitamos ideas para enfrentar los problemas del presente y del futuro. Necesitamos de nuestros pensadores y pensadoras, de nuestras experiencias emancipadoras y de toda la inteligencia colectiva para superar esta crisis, que parece encaminada al exterminio de lo distinto. No somos ni pesimistas ni optimistas, pero debemos tener muchísimo cuidado en estos tiempos de violencia política.
El autor es doctor en filosofía.

