El politólogo Francis Fukuyama, hace varias décadas, publicó un libro llamado El Fin de la Historia y el Último Hombre, de filosofía política, en el que pronosticaba que con la adopción de la democracia liberal por gran parte de los países y la caída de la Unión Soviética, la humanidad llegaba al fin de la Historia, ya que esta sería el final de la forma humana de gobierno. A la sazón, varios comentaristas consideraron esta teoría como ingenua, nombrando como ejemplo “el fundamentalismo islámico radical”. Samuel Huntington escribió en su libro El Choque de Civilizaciones, que las ideologías serían reemplazadas por el conflicto de civilizaciones.
Hoy vemos que los tres centros de poder geopolítico, la China de Xi Jinping, la Rusia de Vladimir Putin y la elección de un líder como el que llegó al poder en Estados Unidos, dan al traste con las conclusiones de Fukuyama. Estos son líderes autoritarios y populistas. ¿A qué se debe tal fracaso? El liberalismo de “dejad hacer, dejad pasar, el mundo camina solo” no ha logrado resolver tantos problemas. El mismo Fukuyama enumeró algunas de las causas.
Entre muchas otras cosas, la brecha entre ricos y pobres se ha profundizado. El crecimiento económico ha sido desigual, y la gran mayoría de las poblaciones se sienten abandonadas y frustradas. La seguridad personal no ha mejorado considerablemente. Los servicios públicos como transporte, hospitales, programas de salud y educación, no han mejorado sino que han empeorado. Al contrario, en muchos países hasta han retrocedido. Fórmulas liberales que antes daban esperanza a gran parte de la población han quedado rezagadas. Ahora la gran mayoría de los ciudadanos no requiere, exige que se les busquen soluciones. Y hay que mencionar la persistente inflación, que golpea a los de menos recursos y que no es otra cosa que un impuesto adicional para los más pobres.
Timothy Snyder, de Bloomberg, en su artículo titulado “Trump está vendiendo la errónea idea de libertad”, reclama que “para la mayoría de los ciudadanos la libertad es negativa”. “Soy yo contra el mundo”. A todo esto lo llama “fascismo oligárquico”. Haciendo un llamado a todas estas circunstancias, alega que “les estamos entregando el poder a los que nos quieren más divididos, más solos, más engañados y más divididos”.
Y esta nueva realidad, cuyos síntomas son contagiosos, la tenemos en la Nicaragua de Ortega, la Venezuela de Maduro, la Hungría de Orban, en Bielorrusia, etc., etc. Aunque en estos últimos países una mayoría reprimida clama por un sistema democrático. Siempre es más fácil que nos digan qué hacer.
No contribuye a todo esto que en muchas naciones las sociedades se encuentren altamente polarizadas. No se sabe cómo lidiar con el fenómeno “transgénero”. Y la guerra de Gaza y Ucrania polarizan a gran parte de la población. Los nuevos dirigentes gobiernan a través del miedo y muchas veces presentan un sistema hasta apocalíptico.
¿Cómo revertir estas tendencias? No se me ocurre otra solución que a través de la educación de las masas. El liberalismo no es perfecto pero, aun así, representa las mejores garantías para los derechos de los ciudadanos.
El autor es especialista en relaciones internacionales.