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La crisis política en Panamá

“La crisis consiste precisamente en que lo viejo está muriendo y lo nuevo no acaba de nacer; en este interregno aparecen una gran variedad de síntomas mórbidos.” (Antonio Gramsci, Cuadernos de la cárcel)

La crisis es un punto de inflexión en la vida política, económica y social de la sociedad mundial. Se caracteriza por la pugna entre lo viejo que perece y lo nuevo que nace; sin embargo, hay un intermedio de riesgo donde todo puede ocurrir. No hay certeza sobre el futuro.

Se puede afirmar que la crisis política que hoy vive Panamá es, sin duda, una expresión nacional —con sus propias particularidades— de la crisis global.

“Las crisis se manifiestan en contradicciones entre la racionalidad histórica y política dominante y el surgimiento de nuevos sujetos históricos portadores de inéditos comportamientos colectivos”.

También las crisis orgánicas tienen múltiples expresiones, como las “guerras proxy”, los conflictos étnicos y religiosos, el surgimiento de ideologías extremistas (neofascismo), de regímenes autoritarios, de la corrupción pública y de nuevos actores políticos, entre otras.

En Panamá, el interregno se manifiesta en la contradicción entre la vetusta institucionalidad oligárquica (Constitución Política), la “oligarquización” de las cúpulas de los colectivos políticos, la corrupción personal y colectiva de los actores tradicionales, y el pueblo convertido en clientela política o “cosificado”, por un lado; y, por el otro, una población cada vez mayor de ciudadanos y jóvenes más conscientes de sus deberes, sus derechos y de la irrenunciable necesidad del “cambio político”.

Un politólogo panameño lo esquematizó así: anticorrupción vs. martinellismo; partidos emergentes (CD, RM, Alianza) vs. partidos declinantes (PRD, Panameñista). Obviamente, faltan dentro del esquema las fuerzas políticas emergentes, como el FAD, el MOCA y la coalición Vamos, así como la casi desaparecida Democracia Cristiana (Partido Popular).

Lo cierto es que, en nuestro país, lo que no acaba de morir es la “democracia de fachada”, con sus entelequias políticas y electoreras de clientelismo y corrupción; y lo que no termina de nacer es la diversidad ideológica y la democracia real y participativa.

¡Así de sencilla es la cosa!

El autor es abogado y analista político.


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