La democracia, como la entiende Occidente, sufre en el mundo entre los autócratas de extrema derecha y de izquierda y los maleantes, todos los cuales son elegidos por los pueblos.
La pregunta es por qué los electores votan por esos falsos dioses, quienes, para cualquier observador educado, a todas luces prometen ser “más de lo mismo”. O peor.
A mi parecer, la democracia liberal ha sido secuestrada por los partidos políticos “tradicionales”, que han mutado de ser grupos ideológicos a grupos de intereses, y que pugnan por repartirse dinero, prebendas, posiciones en el Estado y otras prerrogativas que nada tienen que ver con ideologías o con beneficios para los ciudadanos.
Generalmente, el electorado se enfrenta a una elección entre candidatos que son casi iguales entre sí o que por lo menos parecen ser “más de lo mismo”. Sólo cuando se perciba que un candidato es capaz de promover un “nuevo orden”, sin afectar los derechos fundamentales de los ciudadanos, se podrán aglutinar fuerzas que permitan la elección de otro tipo de mandatarios que brinden otro futuro al pueblo.
Por supuesto que los partidos tradicionales están tan ocupados en “sus quehaceres” que descuidan todo. En especial, y creo que muy a propósito, descuidan la educación, que es la llave del desarrollo de los pueblos. Entre menos educados estos, menor será la capacidad de discernir entre el beneficio colectivo y el ¿”qué hay pa’mí”? Esa actitud egoísta sólo lleva al despeñadero… tarde o temprano.
No estamos discutiendo si las élites gobiernan o no, pues evidentemente lo hacen. En el pasado no tan reciente, se trataba de familias que querían proteger sus intereses económicos ante los desmanes que cada cierto tiempo ejecutaban los dignatarios, pero poco a poco se ha ido modificando este paradigma hacia quienes quieren enriquecerse con los dineros públicos, proteger lo que logran acumular y, por otra parte, evitan dañar los intereses de los antiguos poderosos, quienes son percibidos como eventuales socios de sus negocios oscuros.
Pero son pocos los que piensan en el futuro de la colectividad. Hay gobernantes cínicos que manifiestan a escondidas que a los pueblos hay que mantenerlos pobres, pero con esperanzas de superación. Así “votarán por ellos”, dicen. Si la mayoría de los pobres se convierte en clase media educada, ya no los elegirían, aseguran. Esta maquiavélica posición es difícil de creer, pero resulta evidente por los resultados.
Así las cosas, ¿qué le toca a Juan Pueblo? Como igual se trata de “cucarachas en baile de gallinas”, no les queda otra opción que buscar un beneficio para sus familias. Si el mandatario es autócrata, pillo o incluso dictador, Juan Pueblo piensa que le es igual, que no hay gran diferencia para él si las cosas se mantienen dentro de ciertos límites y si le toca “algo”. De nuevo, el ¿”qué hay pa’mí”?
Triste, pero evidentemente cierto ante las realidades que se viven en cada elección, donde resultan elegidos seres de la peor calaña, quienes invierten grandes cantidades en decir todas las mentiras que consideren que les pueden atraer votos.
Con el transcurrir de los tiempos, sin embargo, ya los pueblos no aceptan a los regímenes que los empobrecen demasiado, aunque a la fuerza se mantengan por más del tiempo que aguanta Juan Pueblo.
“No hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista”.
Tarde o temprano, esos gobiernos caen, aunque los líderes salgan, en muchos casos, ilesos y con enormes riquezas.
Así las cosas, resulta difícil cambiar el statu quo, pero no imposible. Cuando Juan Pueblo ve que hay nuevos líderes con capacidad de lograr un mejor futuro para la colectividad, una mayoría ejerce su derecho a elegir de una manera más razonable.
Si aquellos que pugnan por ofrecer un beneficio colectivo mayor a los ciudadanos cumplen, entonces seguirán ejerciendo influencia en el país durante muchos años.
Aquí, el peligro mayor es que aquellos quienes se vislumbra que puedan cambiar las cosas sean iguales a los anteriores gobernantes o sean incapaces de ejecutar su visión, por más hermosa que esta sea.
Allí se perdería la esperanza, aunque eso sea lo “último que se pierde.”
Necesitamos elegir bien y apoyar la ejecución de esos gobiernos así elegidos, cada ciudadano en la medida que pueda contribuir. Sólo eso nos sacará de este pantano político.
El autor es ingeniero, informático y escritor
