Confieso que escribir este artículo ha sido uno de los mayores retos de mi vida.
Durante meses dudé si debía hacerlo. Hablar públicamente de la depresión, de la adicción y de las heridas más profundas del alma produce miedo, vergüenza y una enorme vulnerabilidad. Uno teme ser juzgado, incomprendido o etiquetado para siempre.
No escribo estas líneas para hacerme la víctima, despertar compasión ni justificar errores del pasado. Tampoco para decir que tengo todas las respuestas. Lo hago porque he descubierto que miles de personas viven exactamente la misma batalla en silencio. Muchas sonríen, trabajan, dirigen empresas, ejercen profesiones o aparentan que todo está bien, mientras por dentro libran una lucha que casi nadie conoce.
Ese silencio puede ser devastador. Por miedo al qué dirán, por vergüenza o por creer, equivocadamente, que pedir ayuda es un signo de debilidad, muchas personas dejan pasar años sin buscar tratamiento. Algunas pierden su matrimonio, su trabajo, sus amistades o su patrimonio. Otras, lamentablemente, pierden la vida.
Si mi experiencia sirve para que una sola persona se atreva a pedir ayuda, hablar con un familiar, acudir a un profesional o simplemente recuperar la esperanza, entonces habrá valido la pena escribir estas líneas.
Durante mucho tiempo pensé que la depresión era simplemente estar triste. Con los años descubrí que no. La tristeza suele tener un motivo y, tarde o temprano, se desvanece. La depresión, en cambio, puede instalarse incluso cuando, objetivamente, existen razones para sentirse agradecido. Es una enfermedad capaz de alterar la forma en que interpretamos la realidad y, lo más inquietante, la manera en que pensamos sobre nosotros mismos.
Hace poco desayunaba con un amigo que también convive con la depresión. En medio de la conversación me dijo algo que nunca antes había escuchado expresado con tanta claridad: «A veces siento que mi mente cae en un agujero negro». No hablaba de un lugar físico. Hablaba de ese espacio oscuro donde aparecen pensamientos rumiantes, culpa, desesperanza y una crítica implacable hacia uno mismo.
Quienes hemos pasado por ahí sabemos exactamente de qué se trata.
Sabemos que estamos en el hueco. Somos conscientes de que nuestros pensamientos no son saludables. Incluso alcanzamos a reconocer que esa voz interior nos está haciendo daño. Sin embargo, salir de allí parece casi imposible. Es como si la oscuridad nos absorbiera y el cerebro nos convenciera de que ese estado es la realidad.
Hay algo que siempre me ha llamado la atención. Cuando una persona tiene diabetes, hipertensión o cáncer, nadie pone en duda que está enferma. Pero cuando la enfermedad afecta la mente, muchos todavía creen que basta con «ponerle ganas», «pensar positivo» o «tener más fuerza de voluntad». Ojalá fuera así de sencillo.
No es que nos guste sufrir. Es que la depresión habla con nuestra propia voz y termina haciéndonos creer que sus mentiras son nuestras conclusiones.
Entonces comienza un proceso devastador. Recordamos con nitidez cada error cometido y olvidamos casi todos nuestros aciertos. Nos culpamos por decisiones equivocadas. Revivimos conversaciones de hace años. Imaginamos escenarios catastróficos. Nos castigamos por cosas que quizá nunca estuvieron completamente bajo nuestro control. La mente se convierte en un juez que nunca descansa y cuya sentencia siempre parece ser la misma: culpable.
En mi caso, hubo otro factor que hizo ese agujero todavía más profundo: el alcohol.
Durante mucho tiempo creí, como tantas personas, que una copa ayudaba a aliviar la ansiedad, el estrés o la tristeza. Con el tiempo comprendí que el alcohol promete exactamente lo contrario de lo que entrega. Nos ofrece alivio momentáneo, pero después amplifica la ansiedad, intensifica la depresión y debilita nuestra capacidad para tomar decisiones sensatas.
Muchas de las peores decisiones de mi vida no nacieron únicamente de la depresión ni únicamente del alcohol, sino de la combinación de ambos. Una mente atrapada en pensamientos oscuros y un juicio alterado por el alcohol son una mezcla profundamente peligrosa.
Las repercusiones no tardan en aparecer. Se dicen palabras que jamás debieron pronunciarse. Se toman decisiones que afectan a quienes más amamos. Se deterioran relaciones valiosas. Se pierde la confianza de personas que nos tendieron la mano. Después llega el remordimiento… y ese mismo remordimiento alimenta nuevamente la depresión.
Es un círculo vicioso que parece no tener salida.
Por eso me preocupa cuando seguimos normalizando el consumo excesivo de alcohol como si fuera sinónimo de alegría, éxito o integración social. Para muchas personas quizá sea una bebida más. Para otras, especialmente quienes tenemos una predisposición a la adicción o convivimos con trastornos del estado de ánimo, puede convertirse en gasolina sobre un incendio que ya existía.
También he aprendido algo que transformó mi manera de enfrentar esta enfermedad: nadie sale solo de un agujero tan profundo.
Necesitamos médicos que sepan tratarnos, psicólogos que nos escuchen, familiares que no nos juzguen y amigos que permanezcan a nuestro lado cuando ni siquiera nosotros queremos estar con nosotros mismos.
Y muchos encontramos, además, un apoyo inmenso en la fe.
Lejos de sustituir la medicina o la terapia, la fe nos recuerda que nuestra enfermedad no define nuestra dignidad. Cuando la depresión nos convence de que ya no valemos nada, Dios nos recuerda que seguimos siendo infinitamente valiosos. Cuando perdemos la esperanza, Él nos invita a seguir caminando un día más.
No es casualidad que algunos de los programas de recuperación más exitosos del mundo incorporen una dimensión espiritual. No porque la fe cure por sí sola una enfermedad, sino porque ayuda a recuperar aquello que la depresión intenta destruir: la esperanza.
También he comprendido que hay enfermedades con las que muchas personas convivimos toda la vida. La diabetes obliga a controlar diariamente la alimentación, el ejercicio y los medicamentos. De manera parecida, quienes padecemos una adicción sabemos que nunca podemos bajar completamente la guardia. Y muchas personas que sufren depresión recurrente aprenden que cuidar su salud mental es una tarea permanente.
No vivimos esperando una cura milagrosa. Vivimos aprendiendo a administrar la enfermedad para que ella no administre nuestra vida.
Eso exige disciplina. Dormir bien. Hacer ejercicio. Evitar aquello que sabemos que nos hace daño. Seguir el tratamiento médico. Hablar cuando sentimos que estamos cayendo nuevamente. Pedir ayuda antes de tocar fondo.
Con el tiempo comprendí que pedir ayuda no es una señal de debilidad. Es exactamente lo contrario. Hace falta mucho más valor para reconocer nuestra fragilidad que para seguir fingiendo que todo está bien.
Todavía existe un enorme estigma alrededor de la salud mental. Seguimos confundiendo una enfermedad con una falta de carácter. Seguimos creyendo que quien busca ayuda es débil, cuando en realidad está dando el primer paso hacia su recuperación.
Ojalá llegue el día en que decir «tengo depresión» sea tan natural como decir «tengo diabetes» o «tengo hipertensión». Porque las enfermedades mentales no deberían producir vergüenza. Lo que debería avergonzarnos es seguir condenando al silencio a quienes más necesitan ser escuchados.
La depresión intenta convencernos de que no existe esperanza. Esa es, probablemente, su mayor mentira.
Hoy puedo decir, con humildad y gratitud, que la ayuda profesional, el cariño de mi familia, el apoyo de buenos amigos y mi fe en Dios me han permitido seguir adelante, incluso en los días en que creía que ya no podía más.
No sé qué batalla estará librando quien hoy lee estas líneas. Quizá sea la depresión. Quizá una adicción. Quizá otra enfermedad invisible.
Solo quisiera decirle una cosa: no está solo.
Y aunque hoy no alcance a verlo, existe esperanza.
Siempre existe esperanza.
#TodosSomosUno
El autor es empresario y Caballero de la Orden de Malta.

