El 9 de enero de 1964 no fue un accidente de la historia ni un estallido espontáneo sin sentido. Fue el resultado de una juventud con conciencia nacional, cimentada en el valor del respeto, la dignidad y el amor por la patria. Aquellos estudiantes no salieron a la calle buscando protagonismo ni reconocimiento; salieron porque entendían que había principios que no se negocian y que la soberanía de un país no se mendiga: se defiende.
Muchos de ellos eran apenas adolescentes. Tenían cuadernos, libros y sueños, y algo que con el tiempo se ha ido perdiendo: tenían carácter. Ese día marcharon hacia la antigua Zona del Canal con una bandera en las manos y una convicción en el pecho: Panamá tenía derecho a ser dueña de su propio territorio. La historia ya es conocida: la represión, los disparos, los heridos y los mártires. Lo que no siempre se reflexiona es lo que realmente representó ese gesto: una generación que comprendía que la patria no es un discurso, sino una responsabilidad.
Más de sesenta años después, el 9 de enero sigue siendo recordado con actos cívicos, discursos oficiales y ofrendas florales. Sin embargo, la pregunta incómoda sigue sin una respuesta clara: ¿hemos estado a la altura de ese legado?
Nuestro país se ha caracterizado por la indignación periódica y la memoria selectiva. Cada cierto tiempo estalla un nuevo escándalo de corrupción, se revelan malos manejos de fondos públicos, se evidencian fallas graves en el sistema educativo o en la administración del Estado y, por unos días, las redes sociales se llenan de quejas, consignas y reclamos. Pero luego, casi siempre, todo vuelve a la normalidad. La costumbre termina venciendo a la conciencia.
No se trata de señalar únicamente a los jóvenes, pero sí de preguntarnos qué tipo de ciudadanía estamos formando. Es un hecho la facilidad con la que muchos estudiantes conocen innumerables figuras y hechos virales de internet, antes que los acontecimientos que forjaron la nación que hoy habitan. No tanto por culpa suya, sino porque como sociedad hemos convertido la educación cívica en un simple requisito académico y no en una formación para la vida.
Los jóvenes de 1964 no tenían redes sociales para desahogarse ni cámaras para grabar su valentía. En cambio, tenían una claridad admirable: sabían que había causas que merecían sacrificio. Hoy, en muchos casos, se confunde la protesta con el desorden, la crítica con el insulto y la participación ciudadana con un simple comentario desde la comodidad del teléfono.
Hemos visto protestas legítimas mezclarse con vandalismo, reclamos justos que pierden fuerza por falta de dirección. Se observa cómo la desconfianza en la política se transforma en apatía y cómo la apatía se convierte en resignación. Y un país resignado es un país peligroso, porque deja de defenderse a sí mismo.
Pero sería injusto culpar solo a la juventud. Esta es, en gran medida, el reflejo de un sistema que ha normalizado el juega vivo, que ha premiado la trampa y que ha tolerado demasiadas veces la mediocridad. Un sistema donde se enseña a memorizar fechas, pero no a comprender su significado; donde se habla de valores, pero se celebra al que se aprovecha del sistema; donde se exige patriotismo, pero se practica poco.
El 9 de enero no debería ser un feriado más ni una ceremonia repetida por costumbre. Debería ser un día para mirarnos como país y preguntarnos con honestidad qué estamos haciendo con la herencia que recibimos. Aquellos jóvenes no dieron su vida para que hoy tengamos un país cansado, indiferente o conformista. La dieron para que Panamá fuera más justa, más digna y consciente de su valor.
Tal vez la pregunta más importante no es qué harían hoy los mártires del 9 de enero, sino qué estamos dispuestos a hacer nosotros. Porque la soberanía no se defiende solo en los libros de historia; se defiende en la forma en que cuidamos lo público, en cómo exigimos transparencia, en cómo participamos, en cómo educamos y en cómo nos negamos a aceptar que “así son las cosas”.
Recordar el 9 de enero no es mirar al pasado con nostalgia. Es aceptar que tenemos una deuda con el futuro.
El autor es bibliotecólogo.


