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La discriminación vestida de oveja

La discriminación, en términos generales, consiste en tratar de manera diferente a unas personas en comparación con otras. Es importante resaltar que no todos los tratos injustos son resultado de la discriminación. Este tema está definido y resaltado en leyes y convenciones, pero sigue siendo letra muerta para una sociedad de servicio que pretende justificar su indiferencia y apatía con el desconocimiento de la norma.

Popularmente se dice que cuando nace un niño viene con un pan bajo el brazo; en el caso de la discapacidad, nuestra población viene con una apertura a la discriminación desde todas partes. Muy poco se habla de la discriminación desde el hogar; a partir de un diagnóstico o experiencias que, de alguna forma u otra, revelan la existencia de banderas rojas o anomalías en su desarrollo. Esto se suma al desapego de amistades que dejan de llamar, familias que dejan de integrarnos, y una comunidad que no organiza actividades para incluir a nuestros niños. En resumen, la discriminación en nuestras vidas es un sistema educativo al que debemos ingresar sin haberlo pedido, sin saber si tenemos las capacidades para enfrentarlo; simplemente, nos tocó. Y esto solo es el comienzo.

Para quienes reciben un diagnóstico con una lista de intervenciones urgentes, no solo está el costo privado de este tipo de atención; hay complementos no deseados como la sala de espera, con ojos juzgadores, predicadores naturales de fe que, sin embargo, no permiten que sus hijos se acerquen a los nuestros, y una atención demorada que no reconoce la necesidad de tener en cuenta la tolerancia o no de nuestros niños a la espera.

En el ámbito estatal, la falta de control y monitoreo; los largos intervalos entre una terapia y otra; sistemas sin los apoyos necesarios tanto en la terapia como en la residencia. Ese desinterés profesional hacia nuestra población, que asiste a las instalaciones del Estado de forma mecánica y acelerada, es el mismo de los profesionales que, en el sector privado, los atienden a altos costos, pero de manera diferente, efectiva y profesional. Eso también es discriminación.

Y esto es solo una de las patas de la mesa. Cuando comienza el peregrinaje en busca de una oportunidad educativa, de docentes con vocación o de una autoridad que proteja a nuestros niños; prácticamente se vuelve una procesión de rodillas sobre cera caliente, donde quienes nos rodean nos lapidan con indiferencia, distanciamiento y rechazo. La humillación comienza al solicitar un cupo y recibir respuestas como: “solo aceptamos un niño por salón” o simplemente, lo que al inicio era una respuesta afirmativa se convierte en una respuesta dudosa, demorada y, al final, negativa. Si esta respuesta está basada en una circunstancia personal, es discriminación.

Esta misión de vida requiere grandes sacrificios, donde las prioridades cambian y se buscan mecanismos para encontrar mejores opciones y calidad de vida. Uno de los sacrificios es aplicar a una póliza de salud, donde las aseguradoras pueden aceptar o no, dependiendo del grado de la condición, y determinan si son asegurables o no. Pareciera discriminación, pero realizada la consulta a la Superintendencia de Seguros y Reaseguros, palabras más, palabras menos, es así, no hay nada que reclamar. Si al realizar dos gestiones, en una de ellas estamos a merced de lo que los demás califiquen de riesgo o no, y de lo que piensan que puede o no desencadenarse en algún momento, es discriminación.

Cuando nuestros niños son víctimas de maltratos y nuestras autoridades demoran en atender los casos, en pronunciarse, en ofenderse o en levantar su voz de protesta, pero sí se expresan ante situaciones que tienen resultados más llamativos y elevan la aceptación política; esto es discriminación.

La falta de inversión de la empresa privada en capacitar a su personal en temas relacionados, no solo para conocer las distintas condiciones sino para saber cómo actuar en determinadas situaciones, pero sí hay inversión en temas de temporada porque representan ganancia; esto es discriminación.

Que las autoridades locales y la comunidad solo mencionen a la población vulnerable y discapacitada en sus discursos comerciales, vacíos y convenientes, pero una vez incorporados al sistema son olvidados y relegados para cumplir con temas de mayor aceptación electoral; además de la utilización, esto es discriminación.

La discriminación, más allá de representar una diferenciación, conlleva la normalización de creer que unos son más dignos que otros. Son muchos los que fingen reconocer que nuestra población es digna como todos. Son muchos los que, en su fe, repiten sobre la hermandad y el prójimo. Son muchos los que se involucran solo para un beneficio comercial. Al final, no es más que una pose para engañar; para sentir que cumplen con una responsabilidad social, y que son sus valores los que guían sus acciones. Sin embargo, no es más que un engaño, un disfraz; es una discriminación vestida de oveja.

La autora es ingeniera industrial y madre de niño con autismo.


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