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La diversidad en juntas directivas: de la norma a la realidad

La diversidad en juntas directivas: de la norma a la realidad
Con la vinculación de más de 40 países, el WEF Caribe integra una junta directiva conformada por más de 10 reconocidos líderes empresariales, de la academia y consultores de alto nivel de América Latina y el Caribe. Imagen de Gerd Altmann en Pixabay

Comienzo esta semana una serie de seis artículos de opinión que permitirán reflexionar sobre la diversidad y la participación de mujeres en juntas directivas.

Hay leyes que marcan un antes y un después. Y hay otras que, aun existiendo, terminan revelando más sobre lo que falta que sobre lo que se ha logrado. La Ley 56 de 2017 en Panamá pertenece, en muchos sentidos, a ambas categorías. Nació con un propósito claro: impulsar la participación de mujeres en las juntas directivas. Sin embargo, ocho años después, la conversación ya no debería centrarse en su mera existencia, sino en su impacto real y, sobre todo, en lo que aún no se ha transformado en la práctica.

El reciente estudio sobre su cumplimiento muestra avances que no pueden ignorarse. La participación femenina pasó de 14.57% en 2018 a poco más de 25% en 2025. Es un progreso relevante y merece reconocimiento. Sería injusto decir que no ha habido cambios. Pero también sería ingenuo asumir que esa evolución equivale a una meta alcanzada. Porque, cuando se observa con detenimiento, ese porcentaje sigue reflejando una realidad donde las decisiones más relevantes del país continúan siendo tomadas, en su mayoría, desde una perspectiva homogénea y tradicional.

La diversidad en juntas directivas no es un tema de equidad únicamente, ni debería reducirse a una conversación de cuotas o cumplimiento normativo. Es, ante todo, un tema de calidad en la toma de decisiones. La evidencia internacional es clara: las organizaciones que integran visiones distintas entienden mejor sus riesgos, interpretan con mayor precisión sus mercados y reaccionan con más agilidad frente a entornos complejos y cambiantes. No se trata de incluir por incluir, sino de fortalecer el pensamiento colectivo que guía el rumbo de la organización y desafiar supuestos que muchas veces se dan por sentados.

Sin embargo, muchas empresas siguen abordando este tema desde la obligación y no desde la convicción. Se concentran en alcanzar un porcentaje mínimo, pero no revisan la lógica detrás de cómo se conforman sus juntas ni el verdadero rol que se espera de quienes se incorporan. Y esa diferencia no es menor. Cumplir con la ley no es lo mismo que transformar la forma de gobernar, ni mucho menos la forma de decidir.

Las juntas directivas, por su propia naturaleza, tienden a replicarse. Se elige a quien se parece, a quien ya forma parte del círculo, a quien genera confianza desde la familiaridad. Es un mecanismo comprensible, incluso eficiente en el corto plazo. Pero esa misma lógica que facilita la cohesión también limita la diversidad de pensamiento. Cuando las decisiones estratégicas se toman en espacios donde todos piensan parecido, el riesgo no disminuye: aumenta, aunque no siempre sea evidente de inmediato.

Aquí es donde la Ley 56 intenta —correctamente— romper la inercia. Pero ninguna ley puede, por sí sola, cambiar la cultura de gobernanza si quienes toman decisiones no entienden el valor que hay detrás del cambio. La normativa puede abrir la puerta, pero es la mentalidad de los líderes la que decide si esa puerta se cruza o si solo se deja entreabierta para cumplir.

Panamá tiene hoy una oportunidad que va más allá del cumplimiento formal. Tiene la posibilidad de evolucionar su modelo de gobernanza empresarial hacia estándares que el mundo ya considera básicos. Porque los inversionistas, los mercados y los marcos ESG no solo miran los resultados financieros; miran quién se sienta en la mesa donde se decide, cómo se gobierna, cómo se cuestiona y qué tan diversa es esa conversación.

La diversidad dejó de ser un tema aspiracional o un buen mensaje institucional para reportes anuales. Hoy es un indicador de madurez, de sostenibilidad y de visión de largo plazo. Es una señal clara de qué tan preparada está una organización para competir, adaptarse y crecer en contextos cada vez más exigentes.

Por eso, esta conversación —y esta serie— busca ir más allá de los números y adentrarse en lo que realmente está en juego: cómo pensamos, cómo decidimos y qué tan preparados estamos para enfrentar un entorno que exige cada vez más criterio, apertura y capacidad de adaptación.

El autor socio director de Deloitte Panamá.


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