“Somos la única potencia que puede garantizar la paz en todo el mundo. ¡Y se logra, sencillamente, mediante la fuerza!” (Donald Trump)
En memoria del teórico de la doctrina de la hegemonía, Antonio Gramsci (1891 y 1937), quien el pasado 22 de enero cumplió el CXXXV (135) aniversario de su natalicio, presento el siguiente ensayo sobre las tesis de la hegemonía.
La hegemonía es una categoría social y política que expresa la “dirección intelectual y moral” que ejerce una clase social fundamental sobre el resto de las clases subalternas en una sociedad determinada.
Es también el poder dominante que un grupo, país o entidad ejerce sobre otros, generalmente a través de medios no coercitivos como la cultura, las ideas, las instituciones o el liderazgo económico, más que únicamente mediante la fuerza militar o política directa.
El “padre” del concepto de hegemonía es Vladímir Ilich Uliánov, quien desarrolló la teoría de la hegemonía del proletariado, considerado por Antonio Gramsci como “el más grande teórico moderno de la filosofía de la praxis”.
No obstante, fue el pensador italiano quien elaboró la doctrina integral de la hegemonía, entendida básicamente como el dominio y la dirección intelectual de un grupo social dominante mediante dos mecanismos de control diferenciados y complementarios: el Estado-fuerza y la hegemonía propiamente dicha, definida como una dominación “acorazada de coerción”.
La hegemonía es, entonces, “la capacidad de una clase social de guiar, en la medida en que esta capacidad se traduce en una efectiva dirección política, intelectual y moral”; es decir, lograr un “consenso manipulado” o una hegemonía engañosa de las clases subordinadas de la sociedad.
Para Gramsci, no basta contar con el poder coercitivo del Estado para gobernar. Se requieren otros mecanismos que contribuyan a mantener en equilibrio la dinámica del poder. Precisamente, las tesis gramscianas de la hegemonía explican por qué, por ejemplo, el capitalismo constituye una doctrina de dominio global y por qué, en Panamá en particular, la oligarquía liberal republicana ha sostenido el poder político del Estado durante más de cien años.
La hegemonía burguesa —un consenso basado en inexactitudes o mentiras, implementado a través de una educación acrítica, medios de comunicación venales y banales, y gobiernos corruptos y clientelares—, junto con los instrumentos de represión del Estado (servicios policiales militarizados, una justicia selectiva y la injerencia imperialista estadounidense), conforma en su conjunto el dominio de la burguesía financiera y transitista de la República, encarnada en el Estado panameño.
En conclusión, en la actualidad nacional e internacional se observa un marcado énfasis en el uso y abuso del poder coercitivo del Estado y de la fuerza imperialista a escala global, en detrimento de la búsqueda de consensos nacionales, regionales y mundiales. Esta situación no solo supone un peligro para la paz mundial, sino que ha propiciado el ascenso al poder de regímenes violadores de los derechos humanos y de gobiernos opresores de extrema derecha, lindantes con el fascismo.
Así de sencilla es la cosa.


