Hay escenas que parecen escritas para el consumo rápido en redes sociales: helicópteros, un objetivo narco “extraído”, un enemigo humillado y una capital en silencio, como si el miedo pudiera administrarse por decreto ejecutivo. En el relato que circula sobre la captura de Nicolás Maduro por fuerzas estadounidenses, lo primero que seduce no es el desenlace, sino la estética del poder. La operación se presenta como limpia, eficiente, indiscutible, en un país con una fuerte e histórica genética militar de golpes de Estado, donde ningún estadounidense muere.
Porque la política no se deja reducir a una incursión. Un Estado no es una persona, ni siquiera cuando ese Estado ha sido secuestrado por la cúpula del cartel de los soles, resguardada por avispas negras cubanas. La promesa implícita del golpe quirúrgico es que basta cortar la cabeza para desactivar el cuerpo. Se sabía que Venezuela, por desgracia, es la prueba viviente de lo contrario: las redes de control, los incentivos criminales y los pactos internos narcos sobreviven a los nombres propios. Si el madurismo fue, además de un proyecto autoritario, una economía de saqueo, entonces su reemplazo no ocurre con esposas en Nueva York, sino con rupturas verificables en la cadena de mando, en la justicia, en la vacunación, en el impuesto revolucionario y en las armas.
La segunda trampa es emocional. La caída de un símbolo puede anestesiar el juicio colectivo. Después de doce años de violencia estatal y degradación institucional, cualquier imagen de castigo luce como reparación. Pero la reparación no existe si el ciudadano común sigue preso del mismo chantaje cotidiano: alcabalas, colectivos, extorsión, “vacunas”, hambre, miedo. Celebrar puede ser humano; confundir la celebración con la salida es suicida.
Y la tercera trampa es internacional. La captura de un gobernante extranjero, sin un marco aceptado y sin una estrategia de transición que ponga a los venezolanos en el centro, abre una caja de Pandora. Se puede detestar con razón a Maduro y, al mismo tiempo, entender que el precedente de “entrar y sacar” a un jefe de Estado convierte a la región en un tablero de mensajes. Hoy es Caracas; mañana puede ser cualquier capital que estorbe.
Quienes defienden la operación, si ocurrió como se describe y no fue que el cartel chavista se deshizo del cartel cubano, dirán que el fin justifica los medios, que el expediente moral era tan oscuro que cualquier atajo era legítimo. Pero la política exterior no se mide por el aplauso momentáneo, sino por la estabilidad que produce. Un golpe sin transición es apenas un cambio de administrador de la amenaza. Y Venezuela no necesita un nuevo administrador: necesita desarmar el sistema que convirtió al país en rehén.
Si la intervención se explica menos por derechos y más por petróleo y “dominancia hemisférica”, entonces no estamos ante una corrección histórica, sino ante una transacción inmobiliaria. Y las transacciones, cuando se hacen con fusiles, siempre terminan cobrando intereses.
El corazón de la “doctrina Donroe” no está en el operativo, sino en el discurso posterior. Cuando un presidente estadounidense dice que “ahora él manda” en Venezuela y que el propósito es capturar renta petrolera y reafirmar control regional, la máscara cae. Ya no se finge un compromiso con la democracia; se negocia obediencia. Y, para un país traumatizado por caudillos, la tutela extranjera es una forma distinta del mismo desprecio: la idea de que el venezolano no decide, solo se adapta.
Aquí aparece una ironía cruel. La oposición democrática venezolana ha insistido durante años en que el cambio real requiere institucionalidad, legitimidad y acompañamiento internacional serio. Sin embargo, el relato plantea que Washington prefiere hablar con quien controla los fusiles, no con quien controla la esperanza. En esa lógica, María Corina Machado y el liderazgo civil importan menos que el acuerdo con una cúpula capaz de “garantizar orden”. El orden, en boca de un autoritario, siempre significa impunidad.
Hay un argumento pragmático que se repite: evitar el caos tipo Irak. Nadie quiere un vacío que se llene de guerra entre facciones. Pero el pragmatismo sin principios es solo oportunismo. Si el precio de “evitar el caos” es legitimar a figuras del mismo régimen y entregar la renta petrolera a discreción de otro gobierno, entonces la transición nace contaminada. No hay reconstrucción posible con el contrato social roto desde el primer día.
El petróleo, además, no es un botón mágico. Se promete producción rápida como si bastara “ayuda técnica”. Pero la industria venezolana no colapsó solo por falta de inversión: colapsó por politización, corrupción, pérdida de capacidades, sanciones, fuga de talento y destrucción de confianza. Ninguna petrolera seria hace apuestas de décadas si el país luce como un protectorado inestable, donde los acuerdos cambian con cada comunicado. Y ningún ciudadano acepta por mucho tiempo que la renta nacional se administre desde afuera sin rendición de cuentas.
Lo más peligroso es la pedagogía del cinismo. Si el mensaje para Venezuela es “cállate y produce”, entonces se consolida la idea de que los derechos son un lujo y que la libertad se mide por barriles. Ese enfoque no solo traiciona a quienes resistieron; también garantiza la repetición del fracaso. Porque el autoritarismo, cuando se siente útil para alguien poderoso, se vuelve más arrogante, no más flexible.
La pregunta es: ¿qué se supone que haga un país cuando la salida de un régimen se diseña como negocio? Si la política se reduce a quién se reparte el negocio y quién manda en el territorio, la ciudadanía queda fuera. Y cuando la ciudadanía queda fuera, la historia venezolana muestra el resultado: resentimiento, violencia, migración y un Estado cada vez más ajeno.
La verdadera transición, si algún día ocurre, tendrá que reponer tres cosas que ningún comando de élite puede “extraer”: justicia creíble, fuerzas armadas subordinadas a la Constitución y una economía donde el trabajo valga más que la lealtad. Sin eso, cambiarán los nombres, pero no la tragedia.
Si la “doctrina Donroe” se normaliza, América Latina entra en una etapa de intemperie. No porque antes hubiera pureza, sino porque al menos existía una narrativa compartida: soberanía, legalidad, derechos humanos como lenguaje común, aunque se violaran. Cuando el poder admite sin pudor que manda porque puede, deja a los países pequeños frente a una elección miserable: someterse o buscar otro autoritario, como Xi Jinping o Putin.
Y allí aparece el segundo efecto dominó. Quien crea que la coerción evita la influencia china o rusa no entiende cómo funciona el miedo. El miedo no produce alianzas; produce escapes. Los gobiernos, incluso los que hoy aplauden por conveniencia, aprenderán a diversificar dependencias. No por amor a Pekín, sino por instinto de supervivencia. La región se llenará de “seguros” geopolíticos, de acuerdos opacos, de compras militares, de diplomacias dobles. Es el camino más corto hacia un continente menos estable y más caro de gobernar para Estados Unidos.
También se erosiona la arquitectura moral que le daba a Estados Unidos una ventaja: la capacidad de presentarse como algo más que fuerza. Cuando esa ventaja se abandona, Washington compite en el terreno donde otros se sienten cómodos: el de las presiones, los castigos y los “esfuerzos ejemplarizantes”. Allí, la democracia pierde valor estratégico y se vuelve estorbo.
En Venezuela, el riesgo inmediato es que el país quede atrapado entre dos impotencias. La impotencia interna de una ciudadanía desarmada frente a grupos armados y una élite que solo entiende incentivos de fuerza. Y la impotencia externa de un actor que presume control, pero no puede sostenerlo sin escalar. Entre ambas, la vida cotidiana se pudre: moneda débil, anaqueles vacíos, colectivos impartiendo miedo en motos.
Lo más triste es que, incluso si el objetivo declarado fuera “orden”, el resultado puede ser lo contrario. La soberanía humillada se convierte en bandera para los peores. Los autoritarios se reciclan como nacionalistas. Los demócratas quedan arrinconados entre el estigma de “títeres” y la frustración de no poder influir. Y el ciudadano termina pagando el precio completo: sin libertad y sin dignidad.
Venezuela merecía salir del chavismo por la puerta grande de la legitimidad, no por la puerta trasera de una captura televisable del madurismo cubano. Si el futuro se construye desde la lógica del botín y del ejemplo armado, lo único que cambia es el dueño del chantaje.
China y Rusia son expertas en navegar un mundo donde los fuertes imponen su voluntad sobre los débiles. El presidente Trump podría creer que cada uno se mantendrá en su propia esfera de influencia, pero ¿dónde comienzan y terminan esas esferas? A medida que los países en todas partes se sienten con la confianza de invadir a sus vecinos, surge la sombría perspectiva de un mundo agresivo del siglo XIX, que altera fronteras, pero armado con armas del siglo XXI.
Estados Unidos fue una superpotencia exitosa porque su interés propio y su realpolitik fueron potenciados por una fe declarada en valores universales de democracia y derechos humanos. La fuerza puede derribar a un hombre, pero no construye un país ni recluta aliados para defender a América.
El autor es médico sub especialista.

