La educación actual es la que muchos hemos conocido, pues en ella nos formamos. Nosotros crecimos en escuelas llenas de conceptos, fechas, sucesos, reglas, aspectos que nos generaban una lucha constante por sobrevivir día tras día en nuestro centro educativo.
Independiente de los esfuerzos que se han venido realizando y pese a haber apostado a la tecnología y otros aspectos para su modernización, los estudiantes viven dentro de un sistema de educación ya obsoleto, en donde pareciese que el estudiante únicamente es un número; es decir, el niño es el reflejo de una calificación.
En ese contexto, los estudiantes parecen haber dejado de ser seres humanos, para convertirse en ovejas a ser trasquiladas, en donde no tienen voz, voto ni mucho menos opinión y simplemente se dejan llevar por lo que dicen sus maestros y, peor aún, tienen que convertirse en un robot o en una computadora, con una capacidad de memoria impresionante.
El estudiante memoriza antes de una prueba para luego olvidar, toda vez que no se le dio la importancia necesaria, pues al maestro solo le interesa que se la aprenda para poner una calificación, sin profundizar ni armonizar con el estudiante su importancia.
El alumno es un preso encerrado por casi ocho horas en el colegio, en cuatro paredes; es decir, el salón, y en donde su único escape son unos cuantos minutos del recreo o una ida al baño, muchas veces sin una necesidad fisiológica imperante más que escapar de ese encierro.
El estudiante, que es un niño o una niña, vive frustrado, atemorizado y asustado en sacar una mala nota, para no convertirse en la burla del salón, la represión de sus profesores y, además, para su desdicha, tener que llevarlas a casa y enfrentar otro round de reclamos y regaños con sus padres.
Esto le crea un sentimiento de fracaso, complejos y frustraciones, por sentirse un inútil e incapaz por supuestamente no encajar en el sistema educativo, por no ser tan hábil, como por ejemplo, en matemáticas, inglés o ciencias, como se quisiera. El estudiante vive ansioso y aburrido de la misma rutina de todos los días: “tener que llegar al colegio y sobrevivir”.
Distinto a esa realidad, el estudiante debe sentirse libre para disfrutar de su aprendizaje, de descubrir por medio de la enseñanza el mundo que lo rodea, tiene derecho a jugar, a explorar y divertirse en la medida que aprende.
El estudiante no tiene que ser perfecto, por lo tanto, no merece ser catalogado o juzgado necesariamente por un número, nota o calificación, sino que debe tener la capacidad de transmitir conocimientos útiles, significativos para su vida, adaptados a su realidad y a su contexto y, sobre todo, que pueda explorar y explotar sus habilidades más destacables.
En otras palabras, el estudiante debe disfrutar de la escuela, tener esa curiosidad de querer aprender, curiosidad que debe ser despertada por los maestros y profesores, así como por los padres y madres comprometidos con sus hijos e hijas.
La escuela es la época más hermosa de la vida, por lo tanto, es obligación de todos hacer de esa etapa la más feliz para los niños y niñas, que la puedan vivir al máximo, que no estén tan preocupados por los estereotipos, sino que tengan la capacidad de comprender que todos no son iguales: unos son altos, otros bajos; unos gorditos y otros flaquitos, con razas y creencias distintas; unos buenos para la pelota, otros para el arte, unos en matemáticas y otros en español, es decir, características e intereses diferentes, con virtudes y con defectos.
Cada niño o niña en época escolar está descubriendo día a día sus capacidades, habilidades y destrezas. El sistema educativo es vital en ese desarrollo, pero debe replantear sus procesos de evaluación a uno que coadyuve con la salud mental y el bienestar emocional de los estudiantes, sin que esto sea sinónimo de un bajo rendimiento educativo.
El autor es abogado y estudiante del Insbipa.
