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La empatía no se enseña, se construye: lo que los niños aprenden cuando juegan con otros

La empatía no se enseña, se construye: lo que los niños aprenden cuando juegan con otros
Juegos de niño

En el área social de un edificio, dos niños juegan fútbol. Uno anota un gol; el otro explota en llanto y patea el balón lejos porque ya no quiere seguir jugando. Rápidamente, un padre que está cerca se acerca e intenta mediar en la pequeña gresca. Sin embargo, en esta breve confrontación se está gestando algo de un valor incalculable: se está desarrollando la empatía.

Como sociedad, solemos creer que los niños “deben” entender, comprender y, sobre todo, saber cómo reaccionar ante las situaciones de los demás. Durante mucho tiempo, la empatía se ha asociado únicamente con la buena educación o con “portarse bien”. Sin embargo, hoy sabemos que es una habilidad emocional compleja que no aparece de forma automática, sino que se construye progresivamente a través de la experiencia.

La palabra empatía proviene del griego empatheia, que significa “sentir dentro de”. Y es justamente eso lo que los niños comienzan a desarrollar en sus interacciones: la capacidad de reconocer, poco a poco, lo que ocurre en el otro. Pero este proceso no surge en la calma ni en la perfección, sino en medio de los desacuerdos, la frustración y el contacto real con otros niños.

Cuando los niños se reúnen, no solo juegan: también se frustran, compiten y negocian. En ese intercambio comienzan a notar expresiones, tonos de voz, reacciones y emociones distintas a las propias. Este proceso no es sencillo. De hecho, esos desacuerdos, conflictos y momentos de tensión son necesarios y fundamentales para el desarrollo emocional. A través de ellos, el niño empieza a comprender que sus acciones tienen un impacto, positivo o negativo, en quienes lo rodean.

Aquí es donde el rol del adulto se vuelve clave. No tanto para evitar el conflicto, sino para acompañarlo y darle sentido. Esto implica, muchas veces, tolerar la incomodidad de ver a los niños frustrarse sin intervenir de inmediato para “resolver” la situación. Nombrar lo que ocurre —“estás molesto”, “te enojó perder”— ayuda al niño a reconocer sus propias emociones y las de los demás. Preguntas como “¿qué podrías hacer de forma distinta?” abren la puerta al desarrollo de la responsabilidad afectiva. Por el contrario, etiquetar al niño —“eres malo”— limita este proceso, genera frustración y dificulta un desarrollo emocional saludable.

La empatía no se desarrolla a través de discursos ni de órdenes como “préstaselo y serás un buen niño”. Se construye en la experiencia, en el vínculo, en la posibilidad de equivocarse y aprender a reparar. Con cada juego, con cada conflicto acompañado y con cada emoción que logramos nombrar, les damos a los niños la oportunidad de ponerse en el lugar del otro.

La próxima vez que veamos a dos niños discutir, tal vez podamos mirar la escena con otros ojos. No como un problema que hay que resolver de inmediato, sino como una oportunidad para acompañar el desarrollo de algo profundamente humano: la empatía.

El autor es psicólogo clínico con experiencia en trabajo con niños y adolescentes.


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